martes, 28 de noviembre de 2017

Mi encuentro con David Foster Wallace


Acá tienen una historia extraña[1].
Era una mañana muy parecida a muchas mañanas anteriores, pero con dos diferencias fundamentales. Una, no me encontraba en mi ciudad, y dos, sentía que algo estaba por pasar. Ese algo… esa especie de electricidad en las tripas, no sabía lo que era ni lo que significaba, pero lo sentía como un relámpago, y no era ni bueno ni malo, pero el hecho de sentirlo había hecho de mi mañana una mañana particular. Hacía frío por las calles cuando salí de mi habitación, era todavía muy temprano, pero dentro de mi perspectiva, el sol brillaba y casi no había niebla. San Francisco había sido una buena elección y no lo lamentaba para nada.  
La gente caminaba tranquila a su propio ritmo frenético por las calles, algo muy característico de la bahía. Repito que algo pasaba pero no me salía explicarlo. La música tapaba en parte mis pensamientos más profundos, así que por un rato decidí bloquearlos intencionalmente para darme un respiro ante tanto pensamiento rabioso. Me despabilé. Subí el volumen al máximo y me dediqué a la ambivalencia con placer por algunas cuadras mientras sonaba en los auriculares un poco de death metal. Seguí caminando, sintiéndome impávido, y cuando entré a la cafetería todo se fue a la mierda. 
El reloj me miró y eran las ocho en punto de la mañana. Las agujas dividían el tiempo en porciones. No había mucha gente en la cafetería, tal vez cuatro o cinco personas. Pedí un café negro doble, busqué azúcar y me senté en una de las banquetas que daba a Market Street para espiar el inicio de la semana por la ventana mientras leía mi libro de turno[2]. Cada vez que levantaba la mirada no reparaba en los rostros, solo me concentraba en el movimiento, en el fluir incesante de cabezas que iban en ambas direcciones. De repente algo llamó mi atención: una camioneta GMC negra aceleró para llegar a pasar con el semáforo en verde y atropelló a una persona que iba en bicicleta. Mi primer impulso fue gritar, pero no me salió. Me quedé callado, asombrado con lo que había visto[3]. Las personas de la cafetería salieron a ver qué había pasado y algunos curiosos comenzaron a sacar fotos con sus teléfonos. Para cuando llegó la ambulancia, el único médico que había entre la gente amontonada decía que el ciclista estaba muerto. Pasó un camión de bomberos por el lugar del accidente. No frenó. Cinco minutos después volví a la cafetería temblando en corcheas y sin entender si lo que había sucedido formaba parte de eso que sentía que iba a suceder. No me había pasado a mí, y me debatía sobre si haber sentido algo raro era una señal de que tal vez lo podría haber evitado. El pensamiento rabioso volvía a aparecer. Terminé el café y pedí otro para llevar. Salí de la cafetería y ya habían limpiado la mancha de sangre de la avenida. La semana había comenzado.
Ni bien retomé la marcha, traté de calmarme respirando pausadamente y concediéndome más placebo. Puse otro disco, no recuerdo cuál, y continué mi camino sin sentido por Market Street hasta el inicio de Embarcadero, doblé triste hacia la izquierda y seguí caminando porque no tenía otra cosa para hacer.
A partir de este momento la historia cambia, se reinventa. No lo había señalado anteriormente ya que todavía no era necesario ni relevante para que los hechos se sucedan, pero llegado a este punto, me siento casi obligado a ajustar el relato para adecuar algunos detalles y referencias que van a empezar a entran en juego posteriormente. Aquella mañana tan particular, de la cual ya había evidenciado ciertas cosas relativas a los impulsos corporales, tenía puesta una remera negra con la cara de Picasso en el centro y una frase cerca de la línea de la cintura[4]. Era una remera que había conseguido un tiempo atrás en un local de Mar del Plata y que usaba regularmente por la comodidad que me generaba. Nada del otro mundo si consideramos que podría haber usado cualquiera de las otras remeras que tenía a mi disposición en el viaje, pero como la había usado para dormir la noche anterior y no me había bañado, no veía motivo para cambiarla. La usé, y gracias a ella, la historia sigue en el próximo párrafo.
Luego de caminar cerca de una hora por Embarcadero llegué a North Beach. Ya se notaba el calor en el pavimento y el afluente de turistas cerca del famoso Pier 39[5]. Seguí de largo a paso apurado por Jefferson Street y unos minutos después, cuando la calle terminó, ya me encontraba dentro del Aquatic Park con su vista abierta a la imponente isla de Alcatraz. Había sido una mañana extraña y el mediodía estaba a la vuelta de la esquina, así que me tiré en el pasto a seguir leyendo para hacer tiempo e ir a buscar algo para comer a Michaelis[6]. Estaba inmerso en poesía sucia y hermosa cuando sentí que una persona se abalanzaba cerca de mí. Los rayos de sol no me dejaban apreciar más que la silueta de alguien que ahora estaba a unos pocos metros de distancia, sentado y mirándome con una sonrisa entre labios. Achiné un poco los ojos y traté de hacer foco con la mirada. Era un hombre de contextura robusta, de unos treinta o treinta y cinco años de edad, vestido con unas bermudas verdes con bolsillos en los costados, zapatillas New Balance castigadas, medias blancas hasta la mitad de las pantorrillas, anteojos redondos a lo Lennon y un pañuelo color crema sobre la cabeza. Parecía amigable pero yo no lo era y nunca lo había sido, menos con extraños y mucho menos en ciudades ajenas y después de lo que había ocurrido horas antes. Ya no sentía esa electricidad en las tripas, el relámpago se había desvanecido y solo me quedaba un poco de hambre y una desolación perfectamente controlada a través del arte escrito en absoluta calma.
 Seguí leyendo. No me importaba. O tal vez sí, pero el accidente había modificado una parte de mi percepción de manera temporal y no quería hacer otra cosa que lo que yo deseara, y como deseaba estar tranquilo y no ser molestado, no reparé en nada ni nadie por un rato.
El rato pasó y esta persona seguía sentada cerca, muy cerca. No había forma de evitar su mirada cada vez que algo se retorcía dentro del libro y me obligaba a apartar la atención de las palabras. Estaba sentado en el pasto, igual que yo, como esperando su turno para entrar en escena. Finalmente lo hizo. Se paró, dio unos pasos torpes y se sentó a mi lado.
Lo primero que hizo fue presentarse. Dijo que su nombre era David y que era de Nueva York. Parecía nervioso. Yo le devolví el gesto con moderada empatía.
-              Te vi caminando hace un rato cerca de Leavenworth, estaba comiendo una hamburguesa y noté tu remera pero no pude leer lo que decía la frase, ¿te molesta?
-              No, para nada – dije.
Estiré mi remera hacia abajo.
-              ¿Crees en eso?
-              Creo que sí, pero depende del tipo de arte que estemos hablando, ¿verdad?
-              Verdad.
Si la charla hubiera terminado en aquel momento, luego de cumplir su deseo de leer la frase de mi remera, me hubiera sentido bien, pero no fue así. Hice una mueca con mis labios parecida a una risita pueril y volví a la lectura por unos instantes, tratando de concentrarme en el pájaro azul de la página 120 del libro, pero algo en mi interior nuevamente apareció[7]. Por las dudas, y sabiendo lo mucho que me había arrepentido en situaciones similares en el pasado, decidí cerrar el libro y le convidé un chicle de menta.
-              Gracias, Juan.
-              Bueno, ¿y que te trae a San Francisco? – pregunté.
-              Ayer fue mi cumpleaños.
-              Feliz cumpleaños entonces.
-              Sí, gracias.
-              ¿Viniste solo a la ciudad?
-              Sí, necesitaba hacerlo[8].
-              Todos necesitamos hacerlo de vez en cuando. Yo también vine solo.
-              Y sos escritor, ¿no?
La pregunta me descolocó un poco.
-              Me considero un lector ávido al que le gusta escribir algunas idioteces cuando tengo tiempo. Me daría miedo llamarme a mí mismo escritor.
-              ¿Por qué?
-              Porque engloba demasiados conceptos paralelos. No todo el que escribe es escritor. Tocar la guitarra no te transforma en guitarrista y tener plumas no te convierte en gallina.
-              Entiendo perfectamente tu punto.
Durante unos minutos, la charla tocó cuestiones más o menos parecidas. David preguntaba tímidamente y yo me limitaba a contestar en ambiguos cargados de verdades personales. Tal vez porque dentro de mi postura me resultaba extraño que una persona cualquiera se interesara en mí era que había bajado un poco la guardia y mostraba mis partes frágiles. Total, existía una posibilidad muy fuerte de que no nos volviéramos a ver.
-              Bueno, ya te molesté demasiado…- dijo David encogiéndose de hombros.
-              No lo hiciste.
-              No importa, tengo que irme, tengo que seguir camino.
-              Bueno.
-              Si no tuvieras puesta esa remera, tal vez nunca me hubiese acercado…
-              Entonces estoy muy contento de no haberme bañado esta mañana.
Le di la mano cálidamente. Durante ese instante sentí su piel cargada de energía, como si su palma fuese electricidad pura y cada dedo un rayo de distinta intensidad. Se paró y se fue caminando en dirección al Museo Marítimo y lo perdí de vista luego de que un mar de gente me confundiera a la distancia cuando ya estaba cerca de Van Ness Avenue. Luego de ese encuentro fui a comer y unos días después, enmarañado de cosas, volví a mi ciudad.
El tiempo pasó, unos dos o tres meses.
Tal vez cuatro.
Estaba con mi novia en un local de películas copiadas buscando qué ver esa noche de jueves. Como siempre, yo buscaba algo que me motive y ella algo que la divierta. Revolviendo las pilas de discos piratas, investigando los anaqueles de thrillers, suspenso, comedia, documentales y demás, Gala se sintió atraída por una película en particular que recién había sido estrenada en los cines. La predilección por lo nuevo era algo que siempre la había caracterizado. La película se llamaba “The end of the tour” y era protagonizada por Jesse Einsenberg y Jason Segel. Cuando me mostró la portada me sentí cautivado, y cuando vi los actores principales y el dueño del local nos contó que era sobre un escritor que no conocía, no hubo mucho más que pensar. Pagamos, subimos al auto y nos escabullimos a casa.
Vimos la película. Trataba sobre el encuentro en 1996 entre el periodista David Lipsky de la revista Rolling Stone y David Foster Wallace, escritor norteamericano de 34 años y responsable de “La broma infinita”, novela que lo había catapultado a la fama mundial. La película en sí no brillaba mucho pero eso no era lo importante. Mi atención se había centrado enteramente en el personaje interpretado por Jason Segel y en su vestimenta. Usaba una bandana en la cabeza en casi todas las escenas y llevaba unos anteojos redondos que me hacían acordar a alguien. Tardé un tiempo en entrar en razón y atar ciertos cabos, y pasaron unos días hasta que finalmente me puse a investigar quien era.
La primera foto que vi fueron como mil patadas de asombro en la cabeza.
Instantáneamente, como un impulso involuntario salido de mis extremidades -y mientras empezaba a gotear como si estuviera en un sauna turco con diez camperas puestas- abrí YouTube y escribí DAVIDD FOSSSTE WALLACEEE con una urgencia inusitada en mi persona. Lo primero que apareció fue una entrevista realizada el 27 de marzo de 1997 por Charlie Rose, un periodista que yo desconocía pero que en teoría era gran cosa. Y ahí estaba él, con su bandana y sus anteojos, su camisa blanca y su corbata bordó, lleno de tristeza e ingenio, tratando de hacer un esfuerzo sobrehumano para adecuar sus palabras y pensamiento a su torrente incontrolable de ideas. La pantalla me absorbió como en una trama de ciencia ficción. Treinta y dos minutos y treinta nueve segundos después, me volví loco.
Comencé entonces a juntar toda la información disponible de mi nuevo descubrimiento de manera violenta. Gala no era ajena a mi comportamiento compulsivo pero admito que se asustó durante algunas semanas al verme transpirar de esa manera y, en teoría, sin razón. Fui a todas las librerías de la ciudad y salí de muchas de ellas decepcionado porque ni siquiera sabían de quien estaba hablando. “¿Foster qué?” era la respuesta más común[9]. No me desalenté. Pedí algunas copias usadas por Internet. Descargué cuentos, ensayos, frases, párrafos, pensamientos, todo lo que pudiese encontrar, y los leí durante meses con la angustia de alguien que llega tarde a los fuegos artificiales y solo siente el olor a pólvora en el aire. O peor, la angustia de alguien que tuvo en su mano el encendedor para prenderlos justo antes de que la tormenta irrumpiera en el cielo.
Leer a Wallace es una experiencia poderosa e inaudita, agotadora, intensa y entretenida. Todos sus libros son de una complejidad diabólica, retorcidos, repletos de juegos, acertijos y brillantez, y al mismo tiempo, son capaces de analizar crudamente la realidad mediante una pluma áspera y desoladora. Basta leer algunas líneas para darse cuenta que estamos frente a un autor enfermo y genial, atormentado por una autoexigencia imposible de soportar para su débil estructura psicológica, una persona que en público hacía esfuerzos por resultar encantador pero que en privado se castigaba por su extrema necesidad de atención.
Heredero de la tradición posmoderna de los años 50 y 60, primero tomó notas bajo esa sombra instructiva y luego se desvió, rechazó sus preceptos para acercarse más a una literatura “sanadora” para curar sus heridas, se volvió un tanto más moralista pero sin perder en ningún momento el potencial formal, quirúrgico y visionario. Esa fue una de sus luchas fundamentales, tratar de recuperar el sentido más idealista de la literatura sin renunciar a su esencia iconoclasta y experimental.
 “El mundo en el que vivo consiste en 250 publicidades diarias y un número indefinido de opciones de entretenimiento, la mayor parte de las cuales están subsidiadas por corporaciones que intentan venderme algo”, declaró en algún momento Wallace. Fanático acérrimo de la Coca Cola, la comida chatarra y Los Expedientes Secretos X, pocas veces, sino solo una, Estados Unidos ha producido un autor de semejante talla, tan sumido en la idiosincrasia de su civilización y sin embargo tan crítico y brutalmente sincero al razonar sobre ella. Una persona llena de conflictos que hablaba desde el corazón mismo del propio capitalismo, desde adentro[10], a otros como él, parecidos, no tan afectados ni tan lúcidos ni superdotados pero sí tocados, irradiados por la onda expansiva de la cultura norteamericana si la entendemos como un sumario de la era tecnológica y de un progreso tan restrictivo como una bala sin dirección ni sentido.
 Llegado a esta instancia, podría bajar un poco la cabeza y empezar a llenar los espacios vacíos, oficiar de reseñista puro y hablar específicamente de alguna de sus creaciones más inspiradas y bellas. No es lo mío. Es extraño como uno llega a distintos autores en diferentes momentos o etapas. Lo normal es que se presenten por medio de alguna recomendación, como estoy haciendo ahora, pero lo más especial es cuando simplemente aparecen sin haberlos buscado. Así fue para mí. Y comencé con el más difícil de abordar y lo entiendo, David no es para todo el mundo pero eso no importa, mientras sea para alguien valdrá la pena.
He tenido la suerte de encontrarme innumerables veces en sueños con Hunter Thompson, he compartido cervezas y pintas de whisky con Bukowski y su pastelito, le he convidado cigarrillos liados a Carver y una vez lo vi caminando a mi querido Ernest por aquel encanto de callejuela que es la rue Mouffetard. Mi encuentro con David no fue un sueño, fue real y a la vez irreal, estaba despierto aunque me deslizaba como un sonámbulo por aquella suerte de realidad fragmentada que para algunos de nosotros es la vida. Pensándolo en retrospectiva, tal vez no estaba preparado en aquel momento para tanta intensidad.
Ahora pasaron más de dos años de aquel encuentro, y en pocos días se cumple un nuevo aniversario de su suicidio. Estoy vivo y siento una profunda tristeza por todo lo sucedido aquel día. Mis tripas me dicen con certeza que no, mi corazón aun no lo sabe y mi cabeza ya no puede cargar con tanta angustia, pero ahora esta historia deja de pertenecerme.
Alguien que no fui yo dijo una vez que es necesario que los finales sean fuertes, que te dejen algo más allá de las palabras leídas. Nunca fui bueno haciéndolo. Por eso, qué mejor que volver al inicio parafraseando al responsable de todo esto para ver si existe algún significado[11].
Nos vemos.




[1] Un comienzo así tal vez sea atractivo pero de ninguna manera lo considero fácil de abordar. Pareciera ser que, en la actualidad, los artículos literarios responden casi exclusivamente a una lógica de mercado, situando al lector en el papel de consumidor pasivo y dejando de lado cuestiones fundamentales. Me resulta difícil, sino imposible, contar una historia o escribir una reseña sin ahondar en cuestiones de referencia, las cuales creo que son las que hacen que algo resulte interesante, ameno, cautivador. Mi intención es que lean, claro, y por esa razón es que decidí arbitrariamente comenzar resaltando que ésta es, sin lugar a dudas, una historia extraña, porque ciertamente lo es, aunque también exista algo intrínseco y oculto entre líneas: si se logra dilucidar el porqué de esa primera frase más allá de la explicación, y si las primeras líneas de esta nota al pie resuenan en algún recoveco de tu ser, es que vamos por el buen camino, o al menos, en uno con significado.
[2] Días atrás había comprado “The last night of the Earth Poems” de Charles Bukowski y lo estaba leyendo por segunda vez. “Libro de turno” puede sonar despectivo en algunos círculos pero en este contexto es meramente un añadido necesario para que el relato no se trunque.
[3] Algo de ese suceso todavía se encuentra alojado en mi retina, lo cual lamento profundamente. En mi mente quedó construida la secuencia del accidente como una especie de storyboard que en ocasiones aparece frente a mis ojos con una claridad desconcertante. Fue la primera y, hasta ahora, única vez que vi algo de semejantes proporciones, donde la condición humana perdió toda la humanidad que le quedaba al fugarse con total impunidad.
[4] “Art is a lie that make us realize truth”.
[5] No voy a emitir un juicio de valor acerca de este lugar y su fisonomía porque no viene al caso, sólo quiero resaltar el olor a cangrejo quemado, el ruido constante de artistas callejeros sin talento y la increíble cantidad de oferta de remeras, anteojos y chucherías por toda la zona.
[6] Voy a emitir un juicio de valor acerca de este lugar y su fisonomía porque se lo merece, ya que fue en este lugar donde comí los sandwichs más ricos de toda la ciudad. No sólo quienes atendían eran personas cálidas y amables, sino que estaban predispuestos a ayudarte si estabas perdido, a cobrarte menos si estabas corto de plata y hasta darte consejos sobre lo que preguntaras, desde si añadirle queso americano o provolone a tu Corned Beef Sandwich o si Dios existía y cuál era el lugar del ser humano en el mundo. 901 North Point Street y la esquina de Larkin. De nada.
[7] Pareciera ser un cliché en situaciones similares donde a uno se le presenta la oportunidad de profundizar sobre algo o simplemente dejarlo pasar que no sabe realmente qué hacer. Yo sí que lo sabía, repito, no quería ser molestado, quería estar tranquilo con el sol como único confidente, pero algo en él me generaba una cercanía que obviamente no entendía ni sabía de donde podía llegar a venir.
[8] Respuestas así siempre dejan un pequeño margen para que la otra persona especule las razones, o al menos, los motivos de porqué alguien llega a contestar una pregunta relativamente sencilla y directa de manera abierta. De todos los escenarios posibles, David había optado por responder en tono enigmático, enclaustrando sus palabras dentro de un contexto de imperiosa necesidad humana. Lo noté, claro, pero como yo hacía lo mismo cuando quería que la charla se desviara hacia mi propio campo, no profundicé.
 [9] Muchas de las personas que trabajan en librerías desconocen el poder que tienen sobre los lectores, y he vivido en carne propia numerosas ocasiones de desconcierto al preguntar por ciertos autores. Sin pensarlo demasiado, tuve situaciones parecidas cuando he consultado por títulos de Kenzaburo Oé, Boris Vian, Hanif Kureishi, Malcolm Lowry y también, por más increíble que parezca, de Dylan Thomas.
      [10] Desde él mismo.
[11]Eso de que la verdad es más extraña que la ficción es un mito. En realidad son igual de extrañas las dos. Las cosas más extrañas tienden a suceder”.

martes, 5 de enero de 2016

El fin de algo


Estaba en la habitación de aquel hotel sentado a los pies de la cama, haciendo nada en realidad, cuando me di cuenta de que no quería estar ahí. Tos. Fastidio. Dolor de cabeza y de pecho. Algo me pasaba. Culpa. O remordimiento. Sentía que estaba al borde de algo, entonces me paré, me puse los pantalones, la remera y todo lo demás, y salí a caminar sin ninguna dirección en concreto. Ya era de madrugada. Ese momento donde todo está sereno y tranquilo, como quien aguarda la muerte en la sala de espera de un hospital. Malas noticias. Muy a lo lejos, a la distancia, se escuchaba un sinfín de autos pasar por la gran autopista de concreto. Conocía la ciudad desde hacía un tiempo y no me interesaba para nada interiorizarme en ella. Venía cada tanto y nunca me quedaba mucho. Era lo usual y para quejarse están los que no trabajan, y mierda, yo sí que trabajaba. Había trabajado toda mi puta vida y ahora no tenía nada, sólo unos cuantos consejos profesionales, y un plazo. Quería atropellar al médico y a toda su hermosa familia. Habían sido horas miserables, días miserables, repetición tras repetición tras repetición. No podía estar mucho tiempo más encerrado en aquella habitación, me traía malos recuerdos. Todo a mi alrededor estaba desmoronándose. Salí del hotel y el viento de la calle me sentó bien. Comencé a respirar de manera más pausada. Cuando ya sabes que no hay vuelta atrás, la tristeza en realidad dura poco poco poco. Empecé a ponerme mejor. Prendí un cigarrillo y miré hacia arriba. Iba a ser un lindo día. No tenía nada para hacer, salvo esperar. Eché el humo y por primera vez me salió un circulito perfecto de nicotina que se quedó unos instantes suspendido en el aire, después una brisa lo borró para siempre. “No me esperes”, pensaba mientras seguía mirando hacia arriba y fracasaba con otros circulitos, “no me esperes”.
Al rato de caminar me agité un poco y me senté en el cordón de la vereda. No había avanzado mucho. Me quedaba un solo cigarrillo en el paquete. El sol estaba por salir y el calor empezaba a mezclarse con el asfalto y la brea. Ni un alma, nadie en las calles. En la esquina de enfrente había un bar abierto, y como ya había desperdiciado una buena parte de mi vida en bares, entré. Tenía sed. Me senté en uno de los taburetes al costado de la barra y pedí una cerveza.
-  En lo posible que esté fría – le dije al mozo, no recuerdo si de buena manera. El mozo me miró y se alejó, luego se acercó nuevamente.
-  No te hagas el vivo acá, eh.
Sin contar al mozo, había pocas personas en el bar, algunos medio dormidos y otros charlando de lo que fuera. Por cómo hablaban, parecían que eran clientes regulares del lugar, y daba la impresión de que algunos se conocían entre sí. Borrachos, desempleados, despechados, apostadores, mi clase de gente, y una prosti-señorita algo avejentada que deambulaba entre las mesas buscando no tener que volver sola a casa, porque casa realmente no existía y nunca había existido, sólo existía el bar para gente como nosotros en este mundo retorcido y loco, que te pisa y te aplasta y te domina y sólo te da alcohol para sobrevivir un rato más.
Llegó la cerveza, abrí la tapa con el encendedor y la empiné. La prosti-señorita se movía de un lado a otro. Jadeaba. Llegué al fondo de la botella rápido, le pedí al mozo una más y me puse el último cigarrillo que tenía entre los labios.
-  Acá no se fuma.
Miré por encima de uno de mis hombros y noté que en la mayoría de las mesas había ceniceros repletos de colillas. Volví la mirada hacia el mozo.
-  ¿Me estás cargando?
-  Ya te dije que no te hagas el vivo acá. Tomá tu cerveza.
Me achiqué en relación a mi tamaño natural y no me quedó otra que no prender el cigarrillo. El mozo tenía una actitud amenazante y se movía despacio pero con decisión detrás de la barra llena de botellas sin vida. Cuando se alejaba de mí, posaba su vista en las mesas y por momentos la mirada se le perdía en algún detalle como quien rememora algo en su cabeza en formato de recuerdo, luego volvía en sí, se perfilaba, y esa tímida y asustadiza sonrisa se le borraba del rostro, entonces seguía limpiando los vasos sucios con su paño blanco, mirando hacia abajo, y esperando el próximo pedido. Era corpulento y tenía brazos gordos y manos grandes, como las de un metalúrgico o un camionero. Se notaba que le pesaba el cuerpo y los años de malas decisiones, parecía triste y enfurecido a la misma vez, y arrastraba mucho el culo cuando caminaba. Estaba seguro de que en una pelea, si nadie interfería a su favor, podía llegar a noquearlo en menos de lo que él pensaba, pero claro, para hacer eso, de seguro iba a recibir una paliza antes. No estaba para eso. A veces no sucede. Ya tenía muchas guerras perdidas en mi haber por no haber conseguido el golpe perfecto a tiempo.
Dejé de pensar en el mozo. Si no iba a tener la oportunidad de verlo desmayado en el piso, no valía la pena. La nueva botella transpiraba sensualmente. La abrí y la empiné, pero esta vez con más ahínco, con más necesidad, como si cada trago sanara una parte fundamental de mí que estaba rota. Al fin y al cabo, creo que es por eso que en ocasiones se vuelve tan difícil el desapego.
Me quedé sentado, saboreando mi cerveza en soledad. La cerveza estaba buena y por un rato largo seguí pidiendo ronda tras ronda. No podía verse el sol desde adentro del bar. No me importaba mucho. Pronto llegaría el ocaso para todos nosotros.
De repente, una voz fuerte y varonil pidió con un grito que alguien tuviera la delicadeza de pararse y prender el televisor, que el partido estaba por arrancar. A mí me importaba un corno si el partido estaba por arrancar. Jugaba Argentina contra alguien. Tenía cosas más importantes en las que ocuparme, y ver correr a veintidós boludos nunca había sido mi idea de pasar un buen rato.
Por el parlantito defectuoso del televisor, el comentarista en español pidió que nos parásemos, que pongamos la mano en el corazón, y entonemos CON ORGULLO las estrofas de nuestro himno nacional.
No me paré. El asiento se sentía bien. Algunos borrachos se pararon como pudieron y empezaron a cantar. Se oían como si alguien hubiera metido gatos moribundos en una bolsa, y esa bolsa fuera apaleada contra una cerca electrificada. Horroroso. El mozo también canturreaba.
-  Eu, vos.
-  …
-  Sí, vos, ¿por qué carajo no estás parado cantando? ¿Dónde está tu honor?
No contesté. Contestar siempre era sinónimo de provocar.
-  ¿Estás enfermo que no podés pararte? Contestáme, abuelito.
Sentí que alguien se paraba y se acercaba. Los ojos del mozo se movían hacia mí. Seguí callado. No estaba para eso. A veces no sucede. Se pierde la magia. Por alguna razón, volví a pensar en el médico.
-  Si, a vos – me dijo el borracho y apoyó una mano sobre mi hombro, tratando de darme la vuelta-. A vos te estoy hablando, viejo de mierda.
Me di la vuelta y lo vi de reojo. Era notablemente más joven que yo, más fortachón y corpulento. Parecía una de esas personas que siempre necesita demostrar algo a viva voz, ya sea por ego o por miedo, independientemente de la crisis en la que se encuentre. Siempre odié a esa calaña en particular porque yo solía ser así, y nunca había cambiado enteramente de piel.
Seguí callado, tomando y esperando. Otra opción no tenía.
-  ¡Bueno, bueno! ¡Parece que tenemos a un viejo maricón en nuestro bar! ¿Lo sos? ¿Eh? ¿Lo sos? De seguro que te tocás mirando pornografía de chicos, enfermo.
Mientras seguía insultándome, me picaba con un dedo en la espalda. Era un poco molesto. El mozo nos miraba y limpiaba la barra en silencio.
-  ¿Es que no tenés respeto por tu bandera? ¿Y por tu patria? ¡El himno siempre se canta! ¡Yo no perdí una pierna en la guerra por personas como vos!
Por un rato siguió buscándome hasta que se cansó y volvió cojeando a sentarse al ritmo de la carne y la madera. Las demás personas del bar estaban de su lado. Luego se olvidaron del asunto.
Seguí con lo mío, con la cerveza y la autodestrucción.
-  Vi lo que hiciste, sos muy hombre, ¿sabes?
-  Gracias – dije mientras me daba vuelta y me encontraba de pronto teniendo una conversación con la prosti-señorita-. Nunca me gustó pelear porque sí.
-  Pero te has peleado alguna que otra vez, ¿no? Se te nota en las marcas que tenés en la cara y en las manos.
-  Es por mi trabajo.
-  ¡Mmmm! ¡Qué delicia! ¡Me encantan los hombres con cicatrices!
-  Tengo algunas.
-  A ver, a ver… - decía, tratando de levantarme la camisa.
-  No me molestes.
-  ¡Qué mal humor tenés, tarado! ¡Ni que fueras hermoso!
-  Lo sé.
-  ¡Apuesto a que sin camisa debes estar fofo y arrugado, y lleno de pus! ¡Sí! ¡Eso! ¡Sos un gordo viejo y feo y lleno de pus! Seguro tenés el nombre de tu ex mujer tatuado en el pecho, y ella te dejó, ¿no? Porque sos de esos, no tengo duda. Yo leo a gente, ¿sabes?, conozco mucho a la gente, interactúo con ellos todo el día, ¡y vos sos un viejo amargado sin razón! ¡Ni pija debés tener!
-  Sos toda una vidente, en verdad. Ahora decime, ¿qué necesitás?
Hubo un momento de silencio.
- …
- …
-  50 pesos y te la chupo en el baño, 200 pesos más el taxi de vuelta y me quedo con vos toda la noche.
-  La noche es larga…
-  Lo sé.
-  No me interesa, gracias.
-  Te haría pasar un buen rato.
-  Eso es imposible.
-  Dale, necesito la plata…
-  Si necesitás plata, buscá trabajo.
-  ¡¿Y qué carajo te pensás que hago acá?! ¡Pelotudo! ¡Me dejo coger todas noches por mierdas podridas como vos para mantener a mi hija!
-  Claro.
La prosti-señorita empezó a subirle el tono a la charla y de repente sus aullidos carnales eran tan fuertes que hacían temblar a sus pechos flácidos. Le faltaba un taco y tenía la nariz tan empolvada como las encías y el cerebro. Estaba semi-parada al lado mío, gritándome como si el sustento de su hija ficticia dependiera de ello.
-  Está bien, está bien, no tengo una hija, eso lo inventé, detective. ¿Contento?
-  No. No me importa demasiado.
-  ¿Y entonces?
-  ¿Entonces qué?
-  ¿Te la chupo o nos vamos?
-  Perdonáme, no puedo hacerlo.
-  ¿Por qué?
-  Porque no, basta.
-  ¿No te parezco linda?
-  No, pero no es por eso que no puedo hacerlo.
-  ¡Entonces dame algún billete, no seas rata! Si no querés cogerme por lo menos dame una alegría.
-  Tampoco puedo, no me queda mucha plata y quiero seguir tomando un rato más, tengo que hacer tiempo.
-  ¡Ah, bueno! ¡Sos un hijo de puta con todas las letras! ¡Hay que compartir con el prójimo!
-  ¿Con el qué?
-  ¡Con el prójimo! ¿Nunca leíste la Biblia?
-  Sí. Es linda.
-  ¿Qué?
-  Que es linda, divertida. Me la recomendó un médico.
-  ¡¿Qué?!
-  Nada, nada. Mirá, acá tenés un billete de cinco pesos, ¿lo querés? Tomá. Listo. Ahora te pido por favor que me dejes tranquilo.
-  ¡Ah, bueno! – dijo la prosti-señorita-. ¡¡Ah, bueno!! ¡Este viejo rata no para de sorprenderme! ¡No cogés, ni cagás, ni cantás! ¡Andate a la mierda!, – gritaba cada vez más fuerte mientras me picaba con el dedo en el pecho-, ¡¡Andate a la mierrrda!!
El borracho que antes me había insultado y picado la espalda con el dedo se paró, eructó, vomitó un poco sobre la mesa y comenzó a acercarse hacia nosotros. La mesa goteaba de un lado. Nadie se mosqueó.
-  ¡¿Y ahora qué?!
-  Este viejo…- dijo la prosti-señorita tratando de calmarse-. Este viejo… es un problema, te digo, es un problema. Yo leo a la gente, ¿sabes? Alguien una vez me dijo que yo era toda una vidente. Y te veo a vos…– miró al borracho de manera tierna y le tocó la mejilla-: …te veo a vos y noto que sufriste en tu vida, que no fue fácil con las oportunidades que tuviste. Pero este viejo rata lo tuvo todo y él decidió perderlo. ¿Te dije que su mujer lo dejó? ¡Es un cobarde!
El borracho hizo equilibrio con su pata de mentira y se dejó caer en la banqueta, respirando pausada y profundamente. Por un instante sus emociones flaquearon y pude ver a su alma retorcerse en su propio pantano de mugre. Cuando el instante terminó, su mirada y su aliento a vómito se posaron sobre mí.
-  No sos bienvenido en este bar, todos en esta ciudad sabemos lo que hiciste.
-  ¿Sabemos qué? ¡¿Sabemos qué?! – gritaba la prosti-señorita.
-  Lo sabemos… - dijo el borracho de manera más tenebrosa.
-  Te felicito – dije.
-  …
-  …
-  …
-  ¿Qué? ¡Dale, no se queden callados! ¡¿Sabemos qué?!
-  …
-  Todavía no me dijiste por qué carajo no te paraste a cantar el himno, viejo rata…
Al momento tenía dos opciones. Mejor dicho tenía tres opciones, pero una de ellas era improbable. No digo que fuera imposible, pero era improbable. Y lo sabía.
Opté por la nada misma.
Me disculpé por todo lo sucedido, puse unos billetes debajo de la botella y los señalé, me paré y me fui. Nunca más iba a volver. El tiempo se había agotado para mí. Caminé y caminé y caminé de regreso al hotel, entré a la habitación y me senté a los pies de la cama, encendí el cigarrillo que me quedaba, y tocándome el pecho tatuado seguí esperando a la muerte y a ese llamado que, claro, eran básicamente lo mismo. Por la radio se escuchaba la repetición de la pelea estelar.

domingo, 6 de septiembre de 2015

El gran estruendo



No sabía qué hacer. Por un lado, el sillón y la música estaban bien. Nada del otro mundo. Sólo bien. El disco sonaba de a ratos interesante y de a ratos extremadamente predecible. Al rato me cansé y busqué otro de la pila de discos que había tirado por el suelo. Antes de hacerlo, me serví otra copa.
Afuera había olor a hojas quemadas y a humedad. Ya era otoño y la gente, en vez de comprar unas bolsas de consorcio de más, optaba por prender fuego los restos de los árboles. Tal vez por vergüenza era que lo hacían al anochecer para que nadie los vea. La avenida seguía cortada por la mitad, la estaban arreglando, y yo prefería seguir en posición estática, descalzo, borracho y seleccionando disco tras disco para luego hacer pequeños breaks de nicotina en el balcón, pero la botella de vino se estaba vaciando y quería otra. Era casi obvio que no iba a poder aguantar cuatro horas. Ya eran las ocho. Pasada la medianoche llegaba Tom con una pizza y algunas cervezas. Tom estaba trabajando de delivery para Distrito todo el fin de semana, y yo tenía una hora antes de que la ley no me dejara comprar alcohol. El estómago me burbujeaba impaciente. Así que salí. Antes de hacerlo, agarré dos cigarrillos y me puse uno en cada oreja.  
La primera cuadra fue aburrida, la caminaba siempre. La mayoría de los locales estaban cerrados, y la niebla que se formaba de las hojas quemadas y la humedad era bastante más molesta que en el balcón, más espesa y densa. Seguí mi camino hacia la vinoteca y comencé a ver inodoros por todos lados. En el pasto, en la calle, en la avenida rota, en las paradas de colectivo. Inodoros blancos, relucientes y sin usar. La puta madre, pensé. ME MEO. Pero acá no puedo mear. Hay luz, están las latas de pintura prendidas fuego en las esquinas. Por qué mierda no meé antes de salir. Si mi mama siempre me dijo…
Fui hasta la oreja derecha y agarré el cigarrillo. Lo necesitaba. Lo prendí como un novato. El viento de la esquina tuvo la culpa. Para algunas personas, eso me hacía un cornudo, y de los buenos. Cuando el cigarrillo prende sólo de un lado, tu novia te engaña. Una pelotudez, pero por lo menos me daba algo para pensar y olvidarme del inminente problema que venía batiéndome las entrañas. Por suerte yo estaba solo, sin ataduras ni restricciones. O algo así. Tenía las manos adentro de los bolsillos de la campera. En uno de los bolsillos tenía las llaves, en el otro, el encendedor, y en el fondo de los dos, pelusas. Seguí caminando, maquinando bastante. Cada paso parecía comprimir más mi vejiga. No podía parar de pensar en las ganas que tenía de sacar el pito al viento y dejar que haga su trabajo. Y si meaba sólo de un lado, ¿significaba algo? Todas las mujeres saben que los pitos tienen una inclinación. Hacia la derecha o hacia la izquierda. Bueno, no sé si todas lo saben. Tal vez lo sepan las que les gusta el sexo oral en serio. No estoy al tanto de las preferencias, pero me imagino que hacia la izquierda es mejor. Siempre lo ha sido.
Llegué a la puerta de la vinoteca transpirado como una foca. Entré. Había un hombre  buscando el mejor vino para su noche. ¿Qué tipo de noche tendría? ¿Una noche de sexo? ¿O una noche frente a la computadora? ¿Necesitaría que lo abracen? ¿O que le sean indiferente? Hice unos pasos hacia la derecha, mirándolo, preguntándome cosas. Agarré un malbec barato, lo pagué con billetes repetidos y salí. Apenas puse un pie afuera, no me acuerdo cuál de los dos, el meo ya tenía nombre y apellido. Miré hacia un costado y luego hacia el otro: no había nadie. Al frente estaba la iglesia Pompeya. Pensé por un segundo en sentarme en las escalinatas y tomarme la botella ahí, Calvino lo hubiera hecho, pero no tenía abridor, y no era una cerveza que podía abrir con los dientes. Así que emprendí el camino de vuelta a casa. Otras seis cuadras, ahora con más peso añadido. El meo, para estas alturas, ya era un río descontrolado. Si había rocas, eran de mis riñones. Mi pito era como una manguera sin un fuego para extinguir. Una manguera chica, lo admito, pero había visto mangueras de tela apretada apagar grandes incendios. No sé por qué pensaba en fuego. Ni por qué pensaba que tenía el pito chico. Era todo presión. Crucé San Juan corriendo y pasé por la veterinaria de La Pampa; era el momento perfecto para descargar. Busqué un lugar lejos del ruido y de las tapas térmicas y me bajé el cierre del jean con desesperación. Estallaba como un petardo. El primer chorro perforó el cemento. Mentira, pero podría haberlo hecho. La verdad es que apenas me acomodé, la orina, simplemente, comenzó a fluir. Mis ojos se dispararon hacia las nubes. Tenía las nalgas contraídas y la espalda arqueada. Me olvidé de todo lo que venía pensando por unos momentos. ¡Qué bien se sentía!

Había pasado más de un minuto y el chorro seguía saliendo con mucha decisión. Golpeaba la pared y caía, haciendo ruido a pis que golpea la pared y cae, para luego transformarse en una suerte de charco que desembocaba tranquilamente calle abajo. Ya no faltaba mucho para estar vacío una vez más. Pero bueno, apareció un patrullero.
UIUIUIUIU ¡QUIETO! ¡¡LAS MANOS ARRIBA!! UIUIUIUIUIU QUE CREE QUE ESTÁ HACIENDO UIUIUIUIUIU UIUIUIUIU LAS PIERNAS SEPARADAS UIUIUIUIU LAS MANOS EN LA NUCA UIUIUIUIU UIUIU UIU y más UIUIUIUIUIU por toda la avenida rota. Traté de explicarles lo que venía pasando como pude: la primera botella, las ganas de una segunda, la ley que me perjudicaba tanto a mí como a ellos, los cigarrillos en las orejas, el pis, el pis, y sólo el pis en busca de algo de entropía pero no funcionó, eran tipos duros, de las calles y las avenidas, meaban donde querían, entonces probé con temas más sensibles, los problemas de todos los días, como el descreimiento, los desamores, el encuentro con mi verdadero yo a través del vino, pero no hubo caso. Uno de los policías estaba boludeando con el celular. Le brillaba la transpiración de la frente y la nariz y estaba como agitado. El otro me pidió los documentos, pero no los tenía. Había salido con lo justo.
Me trajeron al departamento en el patrullero con la condición de que nunca más hiciera algo así. El patrullero tenía olor a pis. PIS PIS Y MÁS PIS. Me bajé. El policía agitado me amenazó desde la ventanilla. NO MEES EN LA AVENIDA LA PROXIMA TE LLEVAMOS SABEMOS DONDE VIVIS UIUIUIUIU.
Subí y entré. El comedor olía a palosanto. Fui hasta el balcón a fumarme la oreja izquierda. El patrullero seguía estacionado en la entrada del edificio con la sirena prendida. Quizás le estaba histeriqueando su mujer por el celular, o su amante, o alguien. Siempre hay alguien para eso en estos tiempos que corren. Tal vez el histérico fuese él, pero eso yo no lo sabía y nunca lo iba a saber.
Sonreí, y me sentí destemplado. Fui hasta el baño y meé lo que me quedaba en el fondo de la vejiga. Abrí la botella de vino. Mandé un mensaje de texto. Y por conveniencia no me acuerdo bien que pasó después.