domingo, 2 de septiembre de 2012

Un sueño robado



Mientras él caminaba, no podía recordar lo que había soñado. Una vez más, su día empezaba igual que el anterior. Era temprano por la mañana, había llovido durante toda la noche, y sobre la calle había un extraño aroma, un perfume que nunca había sentido. Algo estaba por pasar, lo sentía, pero no le dio importancia.
Siguió dirigiendo sus pasos por la plaza, cruzando entre el pasto y los árboles para hacer más corto el camino como todos los días. El paisaje era igual que el de ayer, que el de la semana pasada, y también que el de hacía un mes atrás, no había nada nuevo. Pero llegando a la esquina, algo llamó su atención. Había una chica, sentada en un banco, llorando desconsoladamente. Sus manos tapaban su rostro, toda encogida en su propio mundo, apenas sin saber que alguien estaba por pasar por su lado.
- ¿Estas bien?
- Te estaba esperando - contestó, con los ojos llenos de lágrimas, levantando la cabeza y mirándolo.
- ¿Nos conocemos? Me parece que no.
- Ahora sí, era hora que nos encontremos.
La mirada de él era de desconcierto. “¿Cómo me estaba esperando si no me conoce?”, era la pregunta que rondaba su mente. A pesar de eso, algo en ella le daba calidez, su cara le era familiar de algún lugar, que todavía no podía recordar.
- Me parece que te estás confundiendo de persona. Yo siempre paso por acá y nunca te había visto.
- Eso es porque nunca mirás más allá de lo que querés ver, siempre te noto encerrado en tu propio pensamiento. Caminas y pasás cerca de mí, pero nunca antes habías notado que estaba acá sentada, como todos los días, esperándote.
- ¿Y por qué me esperabas?
- Porque necesito hablar con vos, es muy importante.
- Bueno, decime.
- Todavía no puedo, no es la hora.
- Mirá que estoy ocupado, tengo que…
- Sé que no tenés que hacer otra cosa que seguir caminando, buscando algo que todavía no sabes ni vos que es.
- Pero… ¿Cómo sabes…?
- No te lo puedo decir todavía, solo quería que supieras que estoy acá, que me notes.
- Es un chiste, ¿no? Nunca te conocí, nunca te ví en mi vida, me decís que me tenés que decir algo, y que no podés.
- No es un chiste, ¿no ves que estoy llorando?
- ¿Y por qué lloras?
- Por vos.
Ahí él sintió que lo que estaba pasando ya lo había vivido. Todavía sin saber que hacer o decir, la miraba atentamente; sus lágrimas no paraban de caer de su rostro.
- ¿Por mí? ¿Vos llorás por mí?
- Si, lloro por lo que tengo que decir, no sé cómo lo vas a tomar.
- Es que si no me decís, no lo voy a saber.
- Por eso estoy llorando, porque hoy no me tenías que ver, porque todavía no te lo puedo decir, pero sabía que hoy me ibas a ver, lo soñé.
- ¿Qué soñaste?
-  Nada, nada. De eso no puedo hablar. Pero si querés te podés sentar conmigo un rato a charlar.
- ¿De qué?
- No sé, de cualquier cosa.
- Mirá, estoy ocupado, ahora no puedo. Me quedaría si me dijeras…
- Ya te dije que no puedo. Vamos a hacer una cosa, te espero acá dentro de una semana y te lo digo todo, perdonáme que no pueda hacerlo hoy. Nos vamos a volver a ver, te lo aseguro, y cuando nos veamos, ahí sí te lo digo.
Entre dudas asintió con la cabeza y sin saludar, siguió su camino. Le parecía raro que una persona que no conocía le haya dicho eso, que estuviera llorando por él y que no le pudiese decir porqué. Sin embargo, sentía que la había visto antes. “Es como si no hubiera pasado”, se decía a sí mismo, “debe haber sido una fantasía”. Lo pensaba y lo pensaba, pero no lo podía entender.
Esa semana fue eterna. El tiempo no pasaba. Solo recordaba su fugaz charla con esa chica, tan hermosa y tan frágil, desprotegida de la vida, llorando como si hubiese perdido a un ser querido. Hacía el camino más corto entre el pasto y los árboles a cada hora, pensando en su encuentro con ella, en el banco, en sus palabras. El día anterior al encuentro, él era un manojo de nervios. No pudo hacer otra cosa que esperar que el día anocheciera para llegar a su cama, intentar dormir, y que llegue la mañana.
Esa noche soñó con ella, que estaba sentada en el banco de plaza, en la misma esquina donde se habían conocido.
- Discúlpame que me aparezca así, pero ya es hora. Antes que todo te pido perdón, no quería hacerte sentir mal el otro día, ni tampoco confundirte, pero no lo pude evitar; por eso me encontraste llorando. Quizás de otra manera nunca me hubieras notado. No, no me interrumpas, déjame hablar a mí.
Te quería decir que te conozco, pero nunca antes te había visto. Te vi en mis sueños hace un tiempo y te estuve buscando por todos lados. Pensé que nunca te iba a encontrar, hasta que una vez pasaste caminando por la plaza, y supe que eras el amor de mi vida. No me preguntes como, pero lo sentí. Desde ese momento me senté todos los días en el mismo lugar tratando que me veas, pero nunca lo logré. El día antes que de habláramos, soñé que mi amor no era correspondido, que era imposible, y por eso estaba llorando. Pero no podía decírtelo, entendéme que es muy fuerte decirle a alguien que lo amas, y que no te devuelva el sentimiento.
Ya está, ya te lo dije, ya nos vimos. Ahora queda en vos…
El sueño terminó súbitamente. Se despertó jadeando, transpirado y sin poder hablar. Todavía no eran las ocho, horario justo que él salía de su casa, como todos los días, y cruzaba la plaza, como todos los días. No sabía qué hacer. “No puede ser verdad. ¿Cómo me va a amar si no me conoce?”, se preguntaba, “¿y qué hago? Es una linda chica, pero no la conozco, que sé yo si me podría gustar. ¿Será el amor de mi vida? ¿Y si no le gusto? ¿Y si es solo un sueño?
El reloj marcaba las ocho de la mañana. El pronóstico prometía un día templado. Se cambió, desayunó y salió.
Las cuadras eran eternas, cada paso era un pensamiento distinto, y cada pensamiento un sentimiento encontrado. ¿Qué hacer? Dobló por la avenida, caminó unos metros y ahí estaba la plaza, pero no llegaba a ver la esquina donde estaba el banco. ¿Estará ella ahí sentada, como dijo? Se paró un instante y se quedó mirando fijo un charco de agua que reflejaba su imagen distorsionada. Era el momento de decidir qué hacer.
- Puedo saber si es verdad o mentira – se decía a sí mismo – Puedo saber si detrás de esos árboles se encuentra el amor de mi vida, eso que tanto busqué, que tantas noches rogué encontrar, que tantas lágrimas me hizo llorar.
Es demasiado para mí, ¿realmente existe esa persona? No, no lo creo. No puede ser. No me puedo engañar, es imposible que esto sea verdad, no creo en el destino. ¡No!.
El último “no” sentenció su propia suerte, y decidió no pasar por allí, y no hacer más corto el camino; siguió por la avenida y se perdió entre las calles. Sentía un alivio, pero también una pregunta que no se pudo quitar en todo el día. “¿Hice bien, o eché todo a perder?”. Por la tarde llegó corriendo a la plaza, cruzó entre el pasto y los árboles entre lágrimas, pero el banco estaba vacío. Un suspiro de desazón arrancó de repente toda la esperanza que tenía, esa que sintió cuando se había levantado hacía unas horas. No había nada que hacer. Ella no estaba. Agotado, llegó a su casa, sin ánimos de comer. Se arrastró a su cama como pudo y se desvaneció entre las sabanas.
- Mi amor no es correspondido, lo supe desde el principio. Por eso no estaba sentada en el banco como te dije que iba a estar. Perdonáme si pasaste y no me viste, pero no quería seguir engañándome. Estuve toda la semana esperándote, pasabas cada día y no me mirabas, ni siquiera de reojo. Igual que antes, no notabas que estaba ahí.
 Te amo, te amo de verdad, y me duele saber que vos no sentís lo mismo, que no podés ser la persona para mí. Solo quería conocerte, estar con vos, hacerte sentir bien, y amarte por siempre. Creo que no va a poder ser.


martes, 1 de mayo de 2012

Procesiones


(Debería hablarlo, ya no puedo seguir con esto. Odio mentir, odio tener que escapar buscando alguna excusa sin sentido para poder hacerlo. Tantas noches nos han separado que ya no puedo mirarte a los ojos de la manera que antes lo hacía; ya todo está perdido. Ahora llego a mi hogar, nuestro hogar, y siento todo distinto, cambiado. Nosotros también cambiamos y fue nuestra culpa, descuidamos aquello que más apreciábamos, y sin saberlo ahora todo es diferente. No puedo hablarte, siento que te he fallado).

-      Hola.

(Entiendo por qué no puede hablarme, le fallé y ya no puede mirarme de la misma manera; él lo sabe todo, lo supo desde el principio. Debería hacerle entender que no lo quise lastimar, que nada de esto lo pensé, pero tampoco lo pude evitar. Odio verlo sufrir por mi culpa, y sé que nunca me perdonará. Yo tampoco creo que pueda perdonarme a mí misma).

-      Hola, mi amor.

lunes, 2 de enero de 2012

El tono de la alegría


Sentado en su habitación, Juan no podía entender en qué había fallado. Semanas de práctica y horas de estudio minucioso no pudieron combatir los nervios que sintió la noche anterior con el violín en la mano, solo en el escenario, interpretando aquella complicada pieza de música clásica.
“Sólo me faltó una nota”, pensaba, “pero era la más importante; era la que daba el cierre perfecto”. Su tristeza era tan fuerte y desconsolada como las lágrimas que caían sobre su preciado instrumento.
De repente, su mente comenzó a divagar, tratando de olvidar aquella situación que tanta angustia le provocaba, y recordó cuando su padre, con una sonrisa en el rostro, le regaló el violín que él tanto ansiaba tener. Había ahorrado mucho tiempo para poder comprárselo, y cuando juntó lo último que restaba, fue corriendo hasta la tienda de música, donde el tan preciado instrumento descansaba sobre la vidriera.
“Esto es para vos, hijo, y que nunca se te olvide lo mucho que te quiero”.
También recordó que su padre, tan emocionado como él por el regalo, le contó la historia de porqué se llamaba Juan. “Es por Johann Sebastian Bach, un músico extraordinario”. Justo en ese momento, resonó dentro de Juan la nota que había opacado su interpretación; la última de la escala musical, tan simple para recordarla como compleja para olvidarla: SI.
A la semana siguiente, un nuevo concierto lo tuvo solo en el escenario con su fiel compañero a cuestas. Interpretó nuevamente una de las piezas más difíciles de su ídolo de antaño, “El arte de la Fuga”. Pasados los veinte minutos, el teatro explotó en una ovación de pie; los aplausos siguieron aun cuando Juan ya se había retirado.
Ya en su camarín, su padre lo abrazó conmovido, felicitándolo por su gran talento y vocación.
-          ¿Pudiste recordar esa nota que habías olvidado?

-          Si, gracias a vos.