domingo, 15 de junio de 2014

Las playas de Londres


1

- La dueña de la casa tomó ácido – me dijo Sean entre dientes.
Daniel había ido a recargar su segunda copa de Pernod a la cocina, doblando hacia la izquierda entre el tumulto de gente disfrazada, y yo me encontraba parado en el medio de Amber y Sean cuando Lucy llegó desde el baño. Sean y yo apenas conocíamos a Lucy, sin embargo la abrazamos cordialmente y por separado cuando se puso en frente nuestro.
- Estás vestida como Beatrix Kiddo, de <<Kill Bill>>.
- Feliz cumpleaños, Lucy – dije casi interrumpiendo a Sean mientras ella me apretaba los brazos contra su pecho -. Hace mucho tiempo que no vengo a una fiesta tan extraña.
- Eso es culpa de Max, que cargó los vasos de cerveza roja con ácido que trajo de Ámsterdam y no le dijo a nadie salvo a mí, ¿pueden creerlo? Como si necesitara ocultar la droga de los invitados, ¡a veces es tan inocente!
Lucy festejaba su cumpleaños en la casa de su amigo Max Dempsey, conocido organizador de eventos bizarros y pintor abstracto de la zona de Bayswater, al este de la ciudad; sin saberlo, la madre de Max, que había estado mirando a los invitados de la fiesta desde uno de los ventanales por arriba de donde estábamos, había tomado un vaso de la mesa de bebidas y se había servido hasta el tope una medida generosa de cerveza roja. Ahora, con el efecto latente de la droga alucinógena en su cuerpo, la madre de Max Dempsey, disfrazada de monja virginal y totalmente enloquecida, se encontraba bailando compases deslucidos en la soledad de una de las pistas improvisadas de su propio hogar.
Horas antes de la fiesta, Sean, Daniel, Amber y yo también estábamos de festejo.
La prestigiosa revista <<The Crow>> había publicado un relato breve de mi autoría llamado “El soldado de Omaha”, una analogía algo tosca sobre la guerra que abordaba la lucha interna y posterior muerte de un personaje que siempre llamaba Bruce Browning y que aparecía en todas mis historias. Cuando Sean me trajo una copia de <<The Crow>> detrás del mostrador, supe que la noche sería larga; no era un día cualquiera para mí.
Entre la alegría de sentirme un autor publicado también recordaba que exactamente cinco años atrás había llegado a Londres desde Nueva York para dedicarme a escribir, ¿y cómo no hacerlo? Londres siempre me había parecido una ciudad fantástica y hacía tiempo que quería vivir en ella. En aquel momento, alejarme de Estados Unidos y de mi vida allí parecía la mejor opción y pensé seriamente en establecerme primero en París, al igual que muchos otros escritores norteamericanos, pero la barrera del idioma siempre fue un problema para mí, y aunque lamenté mi decisión de no establecerme en alguna buhardilla perdida de Montparnasse con ese sabroso olor a humedad, sin duda alguna estaba feliz de vivir en Londres.
Cuando me quedé definitivamente aquel otoño de 2008, creía que era inevitable que terminara trabajando en alguna librería; en mi mente, aquello era lo que necesitaba para impregnarme de historias, y así lo hice. Conseguí un puesto menor en Koenig Books, en Charing Cross Road, y allí conocí a Sean, un cinéfilo algo extraño de la zona de Lambert que hacía tiempo trabajaba en un guión para una película que quería filmar en algún momento de su vida. Toda su motivación era esa.
- Mira la página 47, Jack – me dijo Sean a punto de estallar de ansiedad. ¡Mírala ya! Déjame acomodando el mostrador. Ve al depósito en el sótano y lee la revista, ¡ya! – Sean cambiaba el tono de su voz en cada punto entre sus frases -. Si aparece el señor Hackney le diré que estás trabajando en el inventario. Ve. ¡Ya!
El guiño disimulado de Sean antes de darme vuelta, con la revista ya en mano, me anticipó la alegría.
El sótano era muy largo, como de unos ocho o nueve metros de profundidad hacia ambos lados, con paredes oscuras y lo suficientemente estrechas como para que dos personas no pudiesen estar paradas juntas. Siempre bajábamos Sean o yo, ya que al señor Hackney el polvo de las repisas con libros amontonados le producía violentos estornudos; las paredes eran angostas y densas y sobre los soportes de las tablas manaban esencias a saturación literaria y conocimiento en demasía. Me había propuesto leer al menos tres libros por mes del sótano y desde mi establecimiento definitivo en la ciudad cumplía aplicadamente mi norma, la cual también beneficiaba parcialmente a mi labor de escritor convertido un tanto en oficio inglés.
Allí, en el sótano de Koenig Books, encontré mi nombre y mi relato inmortalizados en la página 47 de <<The Crow>>, y sentí una inmensa alegría que recorrió primero mi cuerpo como una descarga de electricidad, y luego como una fuerza incontrolable en mis brazos y piernas. Salté con tanta efusión y desahogo que golpeé la parte superior de mi cabeza con el techo y su escaso metro con ochenta de altura. Los pocos clientes matinales arriba de mí pudieron sentir el estruendo del piso mientras soltaba gritos de dolor y de placer. Inmediatamente llamé a Amber para contarle la noticia, pero su teléfono estaba apagado, o con baja señal. Le dejé un mensaje de voz y a los pocos minutos comenzó a vibrar mi pierna derecha.
Era ella.
- Amber, ¡finalmente me publicaron en <<The Crow>>! Te espero en mi departamento cuando salgas del estudio. Posiblemente venga Sean a tomar unas copas del Pernod que traje de París la semana pasada y que tú, dicho sea de paso, todavía no has probado.
- No sé si llegaré a tiempo, hoy Lucy cumple años.
- Lucy… Lucy… - divagué tontamente.
- Lucy, mi hermana menor. Su amigo Max Dempsey le prestará su casa para hacer una fiesta de disfraces de personajes de películas clásicas, y no puedo faltar.
Particularmente, me encontraba luchando con mi buena memoria y me esforzaba a propósito en no recordar que Lucy era su hermana. Claro que sabía quién era ella, y la conocía tanto como conocía las debilidades ocultas de Amber, pero no quería recurrir a la misma jugada de siempre para poder verla. Amber se había casado tres meses atrás y concentraba su atención y tiempo en su joven esposo Paul; luego de unos minutos de charla sin sentido, le comenté que posiblemente Daniel también estaría con nosotros en el festejo.
- Allí estaré, Jack, cerca de las nueve.
Amber no podía resistirse a la idea de ver nuevamente a Daniel, mi amigo arquitecto. Meses atrás habían tenido un encuentro fugaz en el cumpleaños de Sean, y Amber no lo había visto desde entonces. Aquellos besos apurados en el balcón del apartamento de Sean en Camden Town, y la posterior caminata de la mano hasta Mornington Crescent a altas horas de la madrugada, habían provocado en Amber una fascinación hacia un Daniel que, fielmente apegado a su rutina, prefería quedarse en su oficina por las noches dibujando posibles edificios sustentables antes de querer salir a tomar algo con ella. A decir verdad, tanto Daniel, como Amber, como Sean y como yo, ya no salíamos tanto. Yo siempre me quedaba recostado en mi sillón de imitación de cuero marrón escribiendo con la mente mi próximo relato y sólo nos juntábamos esporádicamente, cuando sentíamos que la situación realmente lo ameritaba. Sean miraba películas desde que salía hasta que entraba a trabajar. Daniel dibujaba y Amber, en secreto, lo deseaba.
Me había mudado a un nuevo departamento en Berrad Street unos meses atrás desde la zona de Islington, y desde el balcón podía verse a pocos metros la entrada de Russell Square, la estación de metro que había sufrido uno de los ataques terroristas de Al Qaeda en julio de 2005. El departamento era pequeño como mi sueldo pero suficiente para mis aspiraciones y pocas veces me quejaba, sólo me interesaba vivir en Londres, lo cual se hizo realidad tres años luego del atentado. Tomaba el metro por la mañana para llegar a Koenig Books y siempre era una aventura para mis sentidos, y muchas veces esperaba en silencio el estruendo de alguna bomba mientras bajaba por la escalera eléctrica de Russell Square. Por el costado izquierdo de esa escalera eléctrica siempre bajaban las personas apuradas, que pasaban ordenadamente y sin pausas para no perder la posibilidad de llegar a tiempo a sus trabajos, o a sus citas, o a lo que fuese. Yo disfrutaba observar el movimiento de la ciudad, y siempre salía con tiempo de sobra.
Desde Russell Square, el metro seguía hacia la estación Holborn, y luego hacia Covent Garden y de allí hacia Leicester Square, donde me bajaba, pasaba por alguna tienda de café ambulante por Charing Cross Road y me dirigía a la librería. Sean siempre me esperaba al costado de la puerta de entrada, apoyado sobre su espalda en una de las vidrieras paralelas donde se juntaban las bolsas de basura, para así contarme algo sobre su guión antes de entrar, pero hoy no estaba. Cuando entré y pasé detrás del mostrador, lo vi a Sean husmeando el índice del nuevo ejemplar de <<The Crow>>. Me dio la revista a los gritos cuando encontró mi nombre y mi relato, y no tuvo que decir mucho más. 
Cerca de la medianoche, Daniel y Sean ya estaban en mi departamento y se entretenían parcialmente hablando de películas. Daniel fingía interés por respeto y aparentaba ver las noticias por BBC News. Yo estaba bien cómodo en mi sillón de imitación de cuero marrón y disfrutando de la compañía de un Beefeater con limón en mi mano izquierda.
- Si eres arquitecto y todavía no viste <<Inception>> no puedo tenerte respeto ni a ti ni a tu “profesión” – decía Sean, dibujando suaves comillas en el aire -. Tienes que verla algún día, ¡o si quieres te la puedo prestar! La tengo en siete formatos distintos, incluida la edición en alta definición con un final alternativo y el tótem de Dom Cobb de regalo.
- ¿Y por qué tienes una película repetida siete veces? – le preguntó Daniel, siempre tan correcto y metódico como los vértices de sus maquetas, alineadas perfectamente a su estilo gótico de arcos apuntalados.
- Porque siempre que presto una película, resulta que la quiero ver cuando no la tengo – replicó Sean, algo orgulloso de su conclusión.
Sonó el timbre y bajé a abrirle a Amber. Llegaba tarde como siempre.
- ¡Hola, Jack! ¡Felicitaciones por tu historia!
- Gracias Amber. Ven, tenemos que tomar las escaleras porque el ascensor se encuentra trabado desde ayer en el segundo pis...
- Bueno, bueno, vamos. No perdamos más tiempo – contestó interrumpiéndome.
Amber se dirigió algo nerviosa y sonriente hacia las escaleras y, apoyando sus tacos en el primer escalón, resbaló y se raspó una de sus rodillas al intentar hacer equilibrio con la pared. Tenía las rodillas descubiertas por una minifalda negra que apretaba su trasero en forma de corazón. Siempre se vestía bien, pero hoy se notaba que Daniel estaba entre nosotros.
- Traje un regalo para todos, cuando lleguemos arriba se los doy – dijo Amber, todavía recuperándose del golpe y aparentando calma.
- Bueno.
Daniel se había cansado un poco de Sean mientras yo bajaba por Amber, y se había ido a hablar por teléfono a la habitación. Sean se había quedado solo en el comedor, había puesto <<Medianoche en París>> en el reproductor de blu ray, y se había reacomodado en el sillón. Siempre que la mirábamos decía que me parecía a Gil Pender, y que nunca podría imaginarme sentado frente a Ernest Hemingway en el Polidor o a Scott Fitzgerald en el Ritz, y que seguramente me desmayaría al conocerlos. Siempre pensé lo mismo que Sean en relación a eso.
- Jack, ve a buscar a Daniel y a esa botella de Pernod de la que tanto hablaste, quiero que esté presente para el regalo – dijo Amber.
- ¿Quieres que la botella o que Daniel estén presentes? – repliqué, y me fui sonriendo del comedor. Cuando volví con la botella de Pernod y con cuatro copas, y también con Daniel a mi lado, vi a Amber abrir su billetera rosa y dejar un pequeño envoltorio de papel blanco sobre la mesa.
- Ábrelo, es tu regalo.
El pequeño envoltorio de papel blanco sobre la mesa no tenía las dimensiones de un sobre común y corriente, era más pequeño, del tamaño de una cajetilla de fósforos pero bien delgada. Amber dejó el envoltorio y apoyó las palmas de sus manos sobre los bordes de la mesa, esperando que lo tomara. Al abrirlo, encontré cuatro papeles de cartón fino más pequeños con cuatro imágenes distintas impresas sobre ellos, como si fueran estampillas postales viejas pero con fotografías de escenas de películas. Una era de <<Avatar>>, otra de <<Star Wars>>, particularmente una escena de Darth Vader en <<El Imperio contraataca>>, otra de <<La Naranja Mecánica>>, con Alex y su profunda mirada en primer plano, y otra estampilla que no podía descifrar a qué película pertenecía.
- Es… de esa película de Pink Floyd… – dijo Sean, superado de conocimiento -. Hace unas semanas, cuando Jack estaba de vacaciones en París, estuvo un hombre en la librería que me comentó que había sido extra en una escena de <<The Thin Ice>>.
- ¿Esto es ácido, Amber?
- Si, Jack, me lo dio Lucy para la fiesta que está organizando en la casa de su amigo Max Dempsey, en la zona de Bayswater. ¿Recuerdas que te dije cuando hablamos por teléfono que era su cumpleaños? Bueno, me dijo que lo único que necesitamos para la fiesta es tomar esto antes, y que ni nos preocupemos en disfrazarnos.
- Pero nunca tomé ácido – dije, buscando cómplices. Tampoco había ido nunca a una fiesta de disfraces, pero no era importante en la discusión.
- Yo tampoco – dijo Daniel -, nunca tomé algo así.
- Yo he tomado unas sesenta veces – dijo Sean. Ver películas en ese estado es inspirador, aunque nunca se me ocurra una idea viable para continuar con mi guión.
Ya tenía treinta años, pensé, y también se cumplía un nuevo aniversario de mi establecimiento definitivo en Londres. Mi carrera ascendía por primera vez desde que había llegado y, honestamente, quería algo distinto para la noche. No quería tomar una botella de vino como todos los sábados y quedarme dormido frente a la computadora. Quería algo distinto. Mi mayor acercamiento a las drogas había sido junto a Sean en un viaje que hicimos a Ámsterdam dos otoños atrás. Allí, probamos una variedad de marihuana llamada <<Himalaya Gold>> en el Abraxas, el coffee shop por excelencia de la ciudad.
Mientras meditaba mis opciones, y me transportaba unos segundos al Abraxas y a su humo, a su gente y a sus colores, vi a Amber suplicarme con la mirada que tomara una dosis de ácido, ya que ella sabía que de esa manera Daniel quizás tomaría una y se desinhibiría.
- Bueno, tomaré una – dije con un poco de miedo. Amber se entusiasmó para sus adentros y confiaba en el poder de su minifalda. Sean dividía su atención entre la mesa y la película, y parecía extrañar el sillón. Cada uno de nosotros agarró un papelillo del pequeño envoltorio sobre la mesa. Nos miramos con complicidad y dejamos a la droga hacer su trabajo en nuestras bocas.
- El ácido está impregnado en cada papelillo – dijo Amber. No deben de tragarlo hasta dentro de un rato, unos veinte minutos aproximadamente. Pueden dejarlo detrás del labio superior, así la saliva se encargará de llevar el psicoactivo más rápidamente al cerebro. Después, pueden tragarlo.
Daniel acercó la botella de Pernod al medio de la mesa y nos sentamos dos en cada lado.
- Quisiera proponer un brindis por nuestro amigo Jack, nuestro amigo escritor, el eterno extranjero, y su logro del día de hoy, ¡salud!
- ¡Salud! – repliqué.
- ¡Nasdrovia! – dijo Sean.
- ¡Salud! – dijo Amber, levantando la copa más alto que nosotros para poder espiar a Daniel.
Los cristales baratos se acariciaron entre algunas sonrisas y nos propusimos tomar el Pernod. Minutos después, Amber atendía su teléfono. Era Paul, su joven marido, diciéndole que había perdido el vuelo nocturno y que aprovecharía para quedarse trabajando en Barcelona hasta el lunes. Amber festejó en silencio. Yo aproveché el momento para llamar a Nueva York desde el baño y contarle la noticia de mi aparición en <<The Crow>> a mi madre. Hacía casi un mes que no hablábamos.
Encontrar su número en la agenda me costó unos buenos minutos, y apoyando un pie sobre la tapa del inodoro, sentía las hojas blancas pasar por mis dedos en busca de mi madre, que se encontraba perdida al final de una larga lista de teléfonos de amigos escritores, antiguas novias de las afueras de Manhattan, y anotaciones hechas a las apuradas cuando no encontraba el usual cuaderno de mi habitación. Realmente imaginé a mi madre perdida en una libreta enorme de color negro y letras doradas en su frente, aplastada por nombres gigantes escritos en tinta china. Tragué saliva para calmarme, busqué sin éxito el regalo de Amber por mi boca, y disqué el número.
- ¡Jackie, querido! ¡Hace casi un mes que no sé nada de ti! – se escuchó del otro lado del océano. ¿Cómo te encuentras? ¿Te estás alimentando correctamente? ¿Qué sucedió con aquella muchacha de la que hablamos la última vez?
De a poco, las palabras de mi madre se mezclaban y se fundían entre ellas, y me quedaba en silencio para después pedirle que repitiera la pregunta anterior. Culpaba a interferencias telefónicas inexistentes. Le conté la noticia, y luego de una despedida que pareció eterna, prometí volver a llamar otro día y explayarme en detalles. También, prometí enviarle una copia de <<The Crow>> por giro postal el lunes.
Volví al comedor y Daniel se estaba sirviendo otra copa de Pernod. Amber estaba sentada del otro lado de la mesa, mirándolo con las piernas cruzadas y apoyando la cabeza sobre su mano izquierda. Jugaba con los dedos en su pelo rubio y trataba de conquistar a Daniel con su lenguaje corporal. Daniel ni lo notaba. Sean ya estaba nuevamente en mi sillón de imitación de cuero marrón, muy concentrado con la trama de <<Medianoche en París>> y hablando maravillas de Gertrude Stein frente al televisor; yo me sentía raro, algo exaltado pero para nada eufórico. Todo se movía más lento, a velocidad media. Giraba mi cabeza hacia los costados y mis ojos tardaban en llegar nuevamente a estar en foco. Mis pies se movían seguros sobre el colchón de nubes de mi comedor, y abría y cerraba las manos para sentir algo más que el cosquilleo que se experimenta antes de un entumecimiento. Me veía desde afuera de mi cuerpo, parado en el comedor de mi nuevo departamento en Londres con mis amigos, y era feliz. Pero me sentía raro.
- La fiesta es en casa de Max Dempsey – dijo Amber para iniciar alguna conversación. Estábamos todos callados y cada uno en su propio mundo.
- Es en frente del Hotel Ascot, sobre Craven Road – prosiguió Amber.
Yo seguía concentrado en mis manos y en las marcas de nacimiento que tenía en una de las palmas.
- Podríamos ir en el metro, es muy simple. Hacemos conexión en Holborn con la línea central y nos bajamos en la quinta estación, en Lancaster Gate. Allí subimos y caminamos por Westbourne y doblamos a la derecha por Craven Road. Antes de llegar a Spring Street se encuentra la casa de Max Dempsey, al frente del Hotel Ascot, ¿se los dije?
- Si, ya nos dijiste, “al” “frente” “del” “Hotel” “Ascot”… – murmuró para sus adentros Sean, refunfuñando y haciendo comillas separadas desde la lejanía del sillón.
- Bueno, entonces terminemos las copas y vayamos – dijo un Daniel ya desinhibido.
- Tengo otra botella de Pernod, la voy a llevar – agregué, y me fui hacia la cocina en busca del preciado envase parisino. Envolví la botella cuidadosamente en una bolsa verde del mercado de Hunter Street, y la metí en el bolso rosa de Amber para el viaje.
Ya había oscurecido totalmente cuando bajamos los tres pisos necesarios por la escalera para llegar al palier del edificio. Activé la llave magnética y salimos a los empujones. Éramos como nenes de escuela jugueteando en el recreo, corriendo los unos de los otros para ver quien tenía la peste e infectaba a los demás. En cada movimiento, el trasero de corazón de Amber golpeaba a Daniel.
Subimos al metro y nos sentamos enfrentados. Sean y yo de un lado, y obviamente, Amber y Daniel del otro.
- Imagínate si apareciera Spiderman, saltando por entre los vagones – me decía Sean, y aplaudía y se balanceaba hacia adelante y hacia atrás haciendo un vaivén con su cuerpo y provocando una ligera correntada de aire entre nosotros.
- Sería imposible – continuó Sean –, porque en esa escena el metro está por encima de la ciudad y nosotros estamos por debajo… ¡pero imagínatelo! ¡¡Imagínatelo!!
Sean me golpeaba con todo el costado izquierdo de su cuerpo y aplaudía cada vez más fuerte pero no podía hacerle caso, ya estaba concentrado en otra cosa. Miraba por la ventanilla enfrente de mí, justo por encima de Daniel y de Amber y de su charla que no podía comprender, y notaba cómo pasaban a toda velocidad las paredes blancas de la compleja red del underground londinense. Pensaba en su perfección estética y arquitectónica, y pensaba si Daniel estaría pensando lo mismo que yo. Antes de llegar a cada estación, se escuchaba una bella voz femenina anunciando la próxima parada con un acento logrado y cautivante. También se podía ver el nombre de cada estación unos segundos antes de llegar, sobre una marquesina digital de leds rojos. Todo limpio, sin un quiebre. Así como los ingleses, todo tan pulcro y como debía ser. Y pensaba en lo feliz que estaba de vivir en Londres.
<<La próxima estación es Hyde Park Corner>>, se escuchó decir a la bella voz femenina por los parlantes.
- Mierda – dijo Daniel. Nos pasamos cuatro paradas.
- No hay problema – dijo Amber. Nos bajamos en Knightsbridge y caminamos. No estamos tan lejos, creo.
Nos levantamos al unísono y nos quedamos parados frente a las puertas eléctricas. Bajamos del metro y subimos por las escaleras hacia Kensington Road. Estábamos en la zona de Brompton, a unas calles del Palacio de Buckingham y su bello Green Park, al que acudía cada domingo a leer alguno de mis tres libros mensuales.
- Si vamos hacia la derecha nos cruzaremos con el Royal Albert Hall, y estaremos casi al frente del Hyde Park – prometía Amber -. De allí tendríamos que seguir hasta Kensington Palace Gardens y subir hasta Bayswater Road, y de allí estaremos prácticamente a la vuelta.
Las promesas de Amber no dieron frutos, y luego de más de veinte minutos de caminata ininterrumpida, apenas habíamos llegado al Royal Albert Hall.
Comencé a sentir el frío clásico de una noche de sábado londinense mientras caminaba, y pensaba en lo feliz que estaba de vivir en Londres. Mi jersey de solapas dobladas y corte italiano me cubría inmejorablemente de las correntadas de viento de las esquinas. Sean y yo caminábamos uno al lado del otro casi tocándonos los codos, muy por delante de Daniel y Amber. A veces creía notar risas compinches entre ellos y parecía como si siguiéramos en el metro, separados en pares.
- ¡Mira, Jack! ¿No nos parecemos a Gil Pender y Adriana de Burdeos caminando a la noche por Montmartre? ¿Recuerdas esa escena?
- Sean, si yo personifico a Gil Pender en la escena, eso te convertiría en Adriana de Burdeos.
- …
- Me refiero a que interpretarías el papel de una mujer…
- No hay problema por eso – dijo Sean. Para mi guión muchas veces me imagino que soy una mujer, y me gusta.
Luego de una hora contada por reloj llegamos a las puertas de Lancaster Gate, la parada del metro en nuestros planes iniciales.
- ¿Ven? Llegamos – dijo Amber mientras apretujaba la mano de un Daniel que comenzaba a notarse incómodo -. Estamos a muy pocas cuadras.
- Bueno.
La entrada de la casa de Max Dempsey era por medio de un garaje integrado de dimensiones considerables, y ya desde afuera se escuchaba la música electrónica rompiendo las frecuencias bajas de los parlantes. Me parecía escuchar canciones de Deadmau5 mezcladas con disparos de ametralladoras M16, las mismas que habían herido fatalmente a mi personaje principal, Bruce Browning, aquella sombría mañana en las playas de Normandía. Luego de unos minutos de espera, nos abrió la puerta un joven de unos veinte años vestido de una versión malograda del Guasón de Heath Ledger, y nos invitó a pasar. A Sean no le gustó cómo estaba disfrazado ese chico.
Cruzamos el garaje integrado y llegamos a un patio cuadrado con un enorme claustro blanco muy por encima de nuestras cabezas. En el patio no había techo y se podían ver grandes ventanales en toda la estructura y algunas estrellas en el cielo. Todo el claustro estaba alumbrado con luces violetas. Los ventanales superiores eran cuadrados y detrás de ellos funcionaban las oficinas secundarias de la Aduana, pero no en aquel momento, ya que todo el personal se encontraba de vacaciones. Y Lucy había aprovechado ese comentario perdido de Max Dempsey hace una semana para pedirle prestada la casa el sábado y hacer su cumpleaños allí. Y Max Dempsey había accedido al pedido de su gran amiga pero con la condición exclusiva de que hiciera una fiesta temática para festejarlo, y que todos deberían disfrazarse de personajes de películas clásicas, y que habría ácido escondido en los vasos de cerveza roja, aquel ácido que había traído de Ámsterdam, y que sólo ella lo sabría. Y Lucy sonrió, y accedió al pedido de su gran amigo.
Cuando conocí a Daniel, hacía pocos meses que me había mudado a Londres, y acababa de cumplir veinticinco años. Él ya tenía cumplidos sus treinta y siempre merodeaba los viernes por Koenig Books. Siempre estaba solo y nunca pedía ayuda para buscar algún libro, ni a mí ni a Sean ni al señor Hackney. El tiempo hizo que Daniel me preguntara con un poco de timidez si podía conseguirle el catálogo de la exposición del fotógrafo Thomas Struth en Whitechapel Gallery. Tardé dos semanas y finalmente lo encontré en los títulos descatalogados de la otra librería Koenig Books en Serpentine Gallery, y se lo regalé sin ningún motivo en particular. Justo ese día era su cumpleaños y yo no lo sabía. Aquella tarde de viernes nos hicimos amigos inseparables.
Daniel siempre fue tímido con las mujeres, y esa cuestión nos unía de cierta forma. Por mi parte, yo era todo lo contrario a él, y muchas veces me gustaba desafiar a mi pensamiento imaginándome qué pensaría Daniel ante mis idas y vueltas con la mujer que tanto me gustaba y que desconocía mis sentimientos, aquella mujer por la que preguntaba mi madre cuando la llamé por teléfono a Nueva York desde el baño.
<<Pienso que nos complementamos como personas>>, repetía Daniel cada vez que hablábamos de nuestros desamores. <<Porque somos tan distintos como personas, es que como amigos somos sólo uno>>. A veces creía que Daniel sería mucho mejor escritor que yo si lo intentara, ya que siempre encontraba la forma exacta de decir lo que sentía. Sin embargo, esa no era la situación cuando entramos al cumpleaños de Lucy en casa de Max Dempsey. Allí, Daniel parecía perdido.
- ¿No se parece Daniel un poco a Neo en <<Matrix>>? ¿Recuerdas esa escena en los primeros minutos de la película? ¿Aquella cuando aparece Trinity en la discoteca y se pone a hablar con Neo? Míralo, mira su mirada. Está como perdido.
Sean tenía razón.
Por delante del patio cuadrado con el enorme claustro iluminado había un pasillo de dimensiones más angostas, muy hondo y muy oscuro. A unos siete metros de nosotros, en lo que imaginaba que era el final del pasillo, había una luz blanca intermitente colgada a la altura de mis ojos que marcaba las nubes de la máquina de humo. Algunos rayos láser salían traspasando el humo y toda la oscuridad. La luz intermitente y los rayos láser escondían a unas cincuenta personas que estaban bailando, todos disfrazados, algunos más elegantes y otros con harapos sucios, al compás de lo que pude identificar finalmente como Deadmau5; realmente todo lo que veía se parecía a esa escena de <<Matrix>>, ¿cómo diablos hace Sean para acordarse de tantas películas?
Quise ir a buscar unas copas y le pedí a Amber que me acompañara ya que la botella estaba en su bolso, y de paso le dije que así buscaríamos a Lucy para decirle feliz cumpleaños. En uno de los costados del patio había una puerta de entrada a la casa, por la cual se llegaba a la cocina. Entramos, buscamos copas en las alacenas, y sacamos cuatro. Servimos unas medidas fuertes de Pernod y guardamos la botella en la heladera. El piso de la cocina estaba sucio y pegajoso. Alguien había estrellado una botella de Mega Jagd al lado de la heladera y nadie se había preocupado siquiera en limpiar.
- Amber, escúchame, te pido que dejes a Daniel respirar un poco, no lo has soltado desde que salimos de mi departamento para tomar el metro. Además, ya no eres soltera, y no puedes entretenerte así.
Amber me miraba, y sentía que ella me comprendía, pero no decía ni una palabra.
- Jack, tú bien sabes lo mucho que me gusta Daniel, y sé que es tu amigo y posiblemente la persona que más aprecies en el mundo, pero creo que estoy enamorada de él… Creo que…
Amber tomó aire prestado en sus pulmones y me miró a los ojos.
- …creo que voy a divorciarme de Paul.
Sean apareció en la cocina, colándose por encima de las personas disfrazadas que nos rodeaban, para abrazarnos e interrumpir afortunadamente la charla. Tenía la bufanda puesta alrededor de su cabeza, y ya estaba tomando champagne del pico de la botella.
- ¡Mírenme! – decía Sean, estallado en risas y señalando la bufanda - ¿No me parezco a Daniel Larusso en <<Karate Kid>>? ¿Recuerdan esa escena?
Salimos de la cocina con las copas de Pernod repartidas entre Amber y yo. Primero salió Sean, que aceleró su paso en dirección al pasillo oscuro con la luz intermitente, el humo, y los rayos láser. Luego salió Amber, y luego salí yo. Me apresuré para apoyarme contra la pared al lado de Daniel y le ofrecí una de las copas. Amber tenía las manos ocupadas con las copas restantes, así que por un rato no molestaría, pensé. Y sentía que el ácido ya me estaba afectando seriamente.
Sean apareció a los pocos minutos desde la oscuridad del fondo del pasillo entre la luz intermitente, el humo, y los rayos láser, y se acomodó contra la pared al lado mío. Parecía agitado. Movía la cadera como si la pared fuese un almohadón de mi sillón de imitación de cuero marrón y buscara acomodarse. Le transpiraban las manos y se las secaba frenéticamente contra el jean, y me molestaba un poco la fricción en los oídos y en los dientes. El sonido que hacía era parecido a un par de uñas esculpidas rayando de costado un pizarrón de escuela.
- La pared… la pared… ¡La película de Pink Floyd se llama <<The Wall>>! – dijo Sean, acariciando la pared con la cadera -. ¡Sabía que tarde o temprano lo recordaría! ¡Jack! ¿Jack? ¡Aquí estas! ¿Dónde estabas? Igual no importa. ¿Te conté que cuando estabas en París hace algunas semanas estuvo un hombre en la librería y me comentó que había sido extra en una escena de <<The Thin Ice>>?
Daniel parecía agotado de tanto manoseo crónico de Amber, pidió permiso y se dirigió a la cocina. Amber se resignó a mirarlo mientras se alejaba.
- La dueña de la casa tomó ácido – me dijo Sean entre dientes.
Apareció Lucy por primera vez en la noche, y luego de que Sean y yo la saludáramos, se quedó charlando con Amber, que vigilaba la puerta por encima del hombro de su hermana esperando ver volver a Daniel con otra copa de Pernod en su mano, y sin ninguna mujerzuela disfrazada acechándolo.
- Dije que la dueña de la casa tomó ácido – repitió Sean, elevando un poco el tono de su voz -. Es la madre de Max Dempsey, ¿entiendes? ¡Ácido! ¡Puro! Y se encuentra en el medio del pasillo, allí en la oscuridad y muy cerca de la cabina del dj y de las torres de luces y la máquina de humo, totalmente descontrolada.
La madre de Max Dempsey, la señora Dempsey, estaba disfrazada de monja virginal, pero no con el atuendo, digamos, <<clásico>>. En la actualidad, a pesar de que las monjas se abstengan a usar ropa de moda o llamativa, generalmente se las puede ver usando ropa convencional y trajes modestos de colores aburridos como el crema, o el caqui, o el gris. Sé de esto porque siempre veo monjas en las cercanías de la Capilla St Paul´s, caminando por Ludgate Hill o por Old Bailey, pero la señora Dempsey no se parecía en nada a las monjas inglesas: con un tocado negro que cubría su cabeza y una pollera muy ajustada del mismo color, la señora Dempsey no aparentaba los cincuenta años que tenía. Estaba descalza y se movía por todo el pasillo oscuro, golpeando a los amigos de Lucy y a sus conocidos, y también a algunos amigos de su hijo Max. Ni el celibato, ni la obediencia, ni la castidad formaban parte de la personalidad de la señora Dempsey, según me señaló Sean cuando entramos al pasillo oscuro para verla.
- Pareciera ser que está buscando algún fraile para poder pecar en compañía de alguien que la comprenda – concluyó Sean su frase, sonando un poco entrecortado.
Era realmente difícil poder escuchar a Sean y ver de manera nítida a la señora Dempsey, que no paraba un segundo de moverse entre los flashes de luz intermitente, el humo, y los rayos láser. Sólo se podía apreciar su silueta de curvas pronunciadas al compás de los tempos agresivos que la música electrónica hacía retumbar en mis tímpanos y en mi pecho. Por un momento traté de pensar en alguna escena de alguna película para relacionar lo que veía, pero no podía. Mientras pensaba y meditaba, me rascaba compulsivamente la barba.
- Tu barba se parece a la de Davy Jones, el personaje de <<Piratas del Caribe>>.
Sabía a qué se refería Sean, ya que Edgar Alan Poe había escrito sobre Davy Jones en <<El Rey Peste>>.
- ¡Mira, Jack! Allí está el Capitán Sparrow, y Alex de <<La Naranja Mecánica>>, ¡Ten cuidado con el Capitán Sparrow, Jack! ¡Y mira! – Sean señalaba a cada una de las personas disfrazadas por medio de gritos y parecía no recordar que se encontraba en una fiesta de disfraces -. ¡Mira! ¡Ahí está Trinity!
- Puede ser que sólo sea una mujer sadomasoquista, de alguna película negra que te hayas perdido – le dije a Sean, siguiéndole el juego.
- Acompáñame.
Caminamos unos cuatro metros y me paré al lado de Sean en el medio del pasillo oscuro. La música sonaba cada vez más fuerte y estábamos los dos parados detrás de la falsa Trinity, que bailaba sola. Sean dejó el cuerpo inmóvil y estiró el cuello hasta que llegó casi a su oído derecho; a mis ojos parecía realmente una sadomasoquista, y con muy poco dinero para comprar un traje erótico decente. Llevaba en su mano un látigo negro de nueve puntas con mango reforzado.
Sean alcanzó su oído derecho y tosió imperceptiblemente para cambiar el tono de su voz, y atraer su atención.
- La respuesta está ahí afuera, Trinity, y te está buscando. Y te encontrará si así lo quieres.
La falsa Trinity dejó de bailar, dio media vuelta sobre su eje, y se sacó las gafas de plástico negro que ocultaban sus ojos marrones. Tenía el pelo engominado y crocante, la piel grasosa, y la frente le brillaba en cada intermitencia de luz blanca. Le dijo algo a Sean en el oído, se tomaron de la mano y salieron corriendo del pasillo oscuro golpeando con sus cuerpos a las demás personas que intentaban bailar. Quizás era una cinéfila como Sean, pensé, y me puse contento por él y por ella. Uno siempre puede encontrar a alguien para ser feliz en ciudades como ésta. <<Londres es una ciudad fantástica>>, me dije a mí mismo, y pensé en lo feliz que estaba de vivir en ella.
La música se interrumpió súbitamente y se prendió un foco de luz arriba de mi cabeza que luchaba por no apagarse entre pequeñas descargas eléctricas. Yo seguía en el medio del pasillo, que ahora ya no estaba oscuro, y más que un pasillo se parecía al sótano de Koenig Books, un poco más grande y con el techo mucho más alto, y sentía el latido del golpe que me había dado por la mañana en la parte superior de mi cabeza.
Gandalf El Gris se acercaba y llevaba un pastel con veinte velas para Lucy. A su lado lo acompañaba Frodo, que le llevaba el sombrero de punta al mago y que caminaba aferrado a un bastón que era del doble de su tamaño.
- El pastel tiene marihuana – me dijo un Frodo alegre y con aliento a Jägermeister puro y sin hielo. En realidad Frodo era Max Dempsey.
- No se lo digas a nadie – continuó -, pero traje unas semillas de la famosa <<Himalaya Gold>> cuando estuve en Ámsterdam el verano pasado.
El aroma a cannabis se notaba en todo el pasillo pero a nadie parecía importarle, y menos a mí, que conocía ese sabor. Salí del pasillo para encontrarme con Amber y con Daniel, pero no estaban en la pared donde los había dejado. Unos metros delante de mí, detrás de una mesa de madera repleta de botellas y muy cerca de la salida hacia Craven Road, Sean luchaba con el cierre posterior en la espalda del traje de la falsa Trinity.
- ¡Sean! ¡Sean! ¿Dónde han ido Amber y Daniel?
Me acerqué lo suficiente para que Sean me escuchara y para no ver lo que estaba intentando hacer con sus manos de dedos cortos.
- No lo sé, creo que se iban a servir otra copa de Pernod a la cocina y luego a tener relaciones.
Daniel había caído en la trampa. Amber también. Y ahora Sean descansaba solo en el piso detrás de la mesa de madera, tras haber perdido la guerra con el cierre posterior del traje de la falsa Trinity. Se le notaba la respiración marcada a fuego en sus pulmones por el cansancio de la batalla, y por un momento sentí a Sean como a Bruce Browning, mi personaje principal y repetido, tomando bocanadas de aire contaminado para continuar con vida en las lejanas playas de Normandía.
Quería encontrar a Amber y a Daniel para poder irnos. Tenía un terrible dolor de cabeza y me temblaban las manos como si tuviese Mal de Parkinson. Me había olvidado la billetera en mi departamento y tampoco tenía el reloj puesto en mi muñeca izquierda. Y para colmo tenía que agarrar a Sean, tratar de levantarlo, y darle un vaso de cerveza roja para que recuperara el aire. Mientras tomaba a Sean por debajo de sus axilas para acomodarlo a duras penas en una silla, mi pierna derecha comenzó a vibrar. Era Amber, y estaba llorando histéricamente. Gritaba y elevaba tanto su voz que parecía que finalmente se rompería mi ya golpeado teléfono.
- ¡Jack! ¿Me escuchas? ¡Jack! ¡Necesito tu ayuda! Creo que Daniel está muerto, ¡necesito que vengas cuanto antes! Estamos en el segundo piso, en la primera puerta de la izquierda.


2


Levanté a Sean de un tirón y entramos a la casa por la puerta izquierda del patio. Le serví un vaso de cerveza roja a las apuradas, creo que sin ácido, y subimos por las escaleras de piso de mármol del comedor para llegar al segundo nivel de la casa de Max Dempsey. Sean parecía no recuperarse del aire perdido con la falsa Trinity. Moví el picaporte de la primera puerta de la izquierda y no abría. Posiblemente Amber había cerrado del otro lado.
- ¡Amber, soy Jack!, ¿me escuchas? Ábrenos.
Busqué mi teléfono y llamé a Amber, pero no había tono de discado. Mientras guardaba el teléfono nuevamente en el bolsillo, Sean hizo tres pasos hacia atrás y comenzó a arremeter contra la puerta con lo que parecía ser un hacha invisible. Abanicaba sus brazos como un bateador de béisbol en la parte baja de la novena entrada, y gritaba cada unos segundos << ¡aquí está Johnny!>>
- Creo que Amber nunca vio <<The Shining>>, que raro en una mujer tan culta y linda – dijo Sean, y corrió hacia la puerta a toda velocidad.
Su cuerpo parecía desplazarse con limitadísima habilidad sobre agua espesa, y el pelo se le escapaba de su cola de caballo mal atada y le tapaba un poco la vista. La puerta se abrió estrepitosamente y golpeó de lleno contra la pared opuesta de la habitación. Sean siguió de largo como un toro embistiendo a un torero invisible, y terminó tropezando y cayendo con toda la cara en el piso tapizado de alfombra bordó. Era la habitación de la señora Dempsey. En el medio había una gran cama redonda con respaldo de madera de caoba lustrada, y detrás del respaldo había un espejo que cubría toda la pared hasta sus respectivas esquinas. En cada mesa de luz había una lámpara de lava roja que combinaba medianamente con la alfombra. Sólo unas pocas velas con olor a frambuesa iluminaban el lugar y por un momento, esa primera imagen me hizo acordar a algunos dormitorios baratos de albergues transitorios en las afueras de Queens.
Amber no estaba, y Daniel tampoco. La habitación estaba revuelta, y había toallones mojados colgados en los estantes donde había retratos del señor y la señora Dempsey abrazados delante de distintos paisajes. El señor Dempsey había fallecido hacía trece años en un accidente de avión. La señora Dempsey aún no lo había superado.
Sean seguía en el piso y no se movía, pero al menos respiraba. Casi todo su cuerpo estaba enroscado entre sí y tenía la parte derecha de la cara bien apostada sobre la alfombra bordó. Tenía un pequeño corte en la frente arriba del ojo izquierdo pero no parecía nada grave. Traté de darlo vuelta pero el peso de su cuerpo me lo impedía. Tuve que agacharme y juntar fuerzas extras para lograrlo, y al darlo vuelta vi unas insignias militares en la parte superior izquierda de su chaqueta. Tenía el costado derecho de la cara llena de arena y le faltaba una oreja. Era Bruce Browning.
Comencé a tocarlo suavemente y a sentir una profunda pena por él, martirizándome por haberlo dejado morir en mi relato. Pasaba mis manos sobre su pecho y lloraba desconsoladamente, y con las yemas descubría los agujeros que le habían dejado las balas cuando no pudo encontrar una trinchera al bajar desde un landing ship en la <<Operación Neptuno>>. Una bomba de metralla le había arrancado la oreja y caminaba desorientado cuando un soldado alemán disparó su ametralladora M16 y le perforó repetidamente el alma. Nunca más vería a Jane Aston, aquella dulce muchacha de rizos claros que amaba en secreto, y nunca se casarían ni posiblemente se divorciarían luego a causa de las secuelas de la guerra; con tan sólo veintiún años, Bruce Browning, un joven agricultor con rasgos adolescentes que soñaba con dirigir algún día la Orquesta Filarmónica de Nueva York, murió desangrado en la soledad de las playas de Normandía el 6 de junio de 1944.
Amber apareció detrás de mí, golpeándome los hombros con las manos abiertas. No podía articular una frase decente y babeaba.
- Amber, necesito que te calmes y me digas donde se encuentra Daniel.
Amber señaló con su dedo índice tembloroso hacia la puerta del baño privado de la habitación de la señora Dempsey.
- Bueno, quédate aquí y trata de hacer entrar en razón a Sean que se golpeó la cabeza hace unos momentos. Yo iré a ver a Daniel. Traba la puerta de la habitación con aquel puff de animal print y luego ve al baño.
Quería gritarle a Amber por todo lo que ocurría, pero la noté tan angustiada y tan poco vestida que preferí callarme. Entré al baño y vi a Daniel desnudo, con toda su espalda apoyada en el piso de azulejos violeta, boca arriba, los brazos extendidos como si estuviera crucificado, y con una tremenda erección entre sus piernas.
Lo sacudí lo más que pude pero no hubo reacción alguna. El pene se balanceaba como un muñeco de aire y golpeaba los costados de su pelvis afeitada a máquina. Al igual que Sean y que Bruce Browning, Daniel tenía un pequeño corte en la frente arriba del ojo izquierdo pero no parecía nada grave. Tenía la cara violácea y hacía juego con los azulejos del piso. Por debajo del lavatorio, había una caja de pastillas de citrato de sildenafilo, comúnmente conocidas como  pastillas de Viagra. No sabía que Daniel tuviese problemas de disfunción eréctil, y no se le notaba para nada.
Amber apareció en el baño junto a Sean, que había recobrado un poco el conocimiento pero que seguía con las pupilas muy dilatadas. Sus ojos se parecían a los de un gran tiburón blanco segundos antes de atacar a su presa, con la diferencia que Sean parecía no reaccionar agresivamente ante la sangre.
- ¡Jack! ¡Hace unos minutos que Daniel no respira! – sollozaba Amber y se le escurría el maquillaje -. Estábamos recostados sobre la cama y Daniel se levantó para ir al baño. Escuché un golpe seco y cuando abrí la puerta estaba Daniel así como está ahora, aunque no tenía esa tremenda erección entre sus piernas.
- Deberíamos darle una inyección de adrenalina en el pecho como al personaje de Uma Thurman en <<Pulp Fiction>> – balbuceaba un Sean entredormido -. ¿Recuerdan esa escena? Eso tendría que devolverle la vida en tan sólo un segundo.
Comencé a imaginarme el funeral de Daniel en el cementerio Highgate, muy temprano por la mañana. Aunque allí sólo podían acceder a una parcela las personas más acaudaladas de Londres, pensaba que si mi relato me hacía famoso podría conseguir algún rinconcillo desocupado con un poco de mi nueva influencia, quizás hasta cerca de la tumba de Karl Marx, que descansaba plácidamente en la parte Este del cementerio desde el 17 de marzo de 1883; sentí tanto miedo de perder a mi amigo en esa imagen en mi mente, que cerré los puños con furia y comencé a golpearle el pecho repetidas veces con mucha fuerza.
- ¡No te mueras, Daniel, no te mueras! ¡No sé si conseguiré un lugar en el Highgate!
Amber y Sean se miraban entre ellos desconcertados y me alentaban parados detrás de mis espaldas.
Uno de los golpes de puño cerrado impactó de lleno en el corazón de Daniel y se levantó violentamente, abriendo con rapidez sus ojos inyectados en sangre y escupiendo entre mucha saliva una pastilla de Viagra. Su pene todavía seguía erecto.
- Daniel. Daniel, ¿me oyes? Soy Jack. Todo está bien.
Lo abracé fuertemente y su transpiración se impregnó en mi camisa escocesa.
- ¿Qué ocurrió? – le pregunté.
Daniel se recuperó y lo ayudé a sentarse en el inodoro. Le alcancé una toalla roja con terminaciones bordó del aparador para que se cubriera. Su erección se notaba unos centímetros por debajo de la toalla y parecía una tienda de campaña. Muy parecida a la tienda de campaña donde el cuerpo de Bruce Browning fue trasladado una vez que las Fuerzas Aliadas habían tomado parcialmente las playas de Omaha.
- Estaba con Amber recostado en la cama redonda de la señora Dempsey y comencé a sentir un fuerte dolor en el pecho. Me dirigí al baño y saqué mi caja de pastillas de citrato de sildenafilo, tomé una, y cuando quise tomar la segunda resbalé con este maldito piso de azulejos violeta y me golpeé la cabeza contra el lavatorio. Es todo lo que recuerdo.
- Daniel, esas pastillas que tomaste, digamos, ¿no serán acaso pastillas de Viagra? – le pregunté nervioso.
- Sí y no. Sí, porque el citrato de sildenafilo se usa para producir Viagra, y no, porque yo tomo citrato de sildenafilo porque tengo una leve hipertensión pulmonar. Es una insuficiencia hereditaria por parte de la familia de mi padre.
- ¿Pero no te molesta estar tan… tan… tan tieso? – preguntó Sean con los ojos desorbitados y señalando hacia la toalla roja con terminaciones bordó.
- Pensé que tomando dos pastillas mataría justamente dos pájaros de un tiro, ¿entiendes, Sean?
Dejamos a Daniel en la habitación de la señora Dempsey para que se cambiara y bajamos. Amber se sentía tan humillada y transpirada que nos saludó fríamente en las escaleras y prometió llamarnos mañana. Le faltaba uno de sus tacos de punta de alfiler y trastabillaba en todos los escalones.
Ya abajo en el comedor, la señora Dempsey había improvisado una habitación sobre el sillón, colgando unas pashminas nepalesas y usando de base estructural el bastón de Frodo, que en realidad era su hijo Max. La señora Dempsey, o Trish, como se escuchaba que la nombraban a gritos, se revolcaba junto a un chico disfrazado de Darth Vader y otro de Anakin Skywalker bajo sus mantas algo transparentes traídas de Katmandú.
- Eso es imposible – dijo Sean. Porque Darth Vader y Anakin Skywalker son la misma persona.
Salimos hacia el patio cuadrado y quedaban unas quince personas bailando en el pasillo oscuro. Los que antes vestían elegantemente se notaban sucios, y los que estaban vestidos con harapos sucios ahora se veían repugnantes. Estaba amaneciendo con disimulo y comenzaban a verse las caras de algunos de los invitados y también su fatiga. El dj no estaba en su cabina al fondo del pasillo pero la música seguía sonando. La luz violeta ya no surtía el mismo efecto en el gran claustro blanco como cuando habíamos llegado. Todo estaba más calmado y sentía mi conciencia volver a mí, y también sentía unas ganas desesperadas de llegar a mi departamento y dormir durante meses. En el costado donde Sean había perdido la guerra con el cierre posterior de la falsa Trinity estaba Lucy subida a la mesa de botellas, abrazando a un chico vestido de Marilyn Monroe. Todavía quedaba cerveza roja con ácido. Sean se sirvió otra copa.
Daniel bajó al cabo de veinte minutos y salimos por las puertas del garaje integrado de la casa de Max Dempsey. Tomamos Craven Road hacia la izquierda para llegar a Praed Street y allí paramos un taxi cerca de la estación de Paddigton y nos subimos los tres. El taxista tomó Marylebone Road, bordeó Park Crescent y luego tomó Albany Road hacia el norte para llegar a Camden Town. Era la primera vez que me subía a un taxi londinense, pero me guardé el comentario por vergüenza ajena.
- Bueno, aquí me bajo yo – dijo Sean.
El taxista paró y Sean se despidió. El pequeño corte que tenía en la frente arriba del ojo izquierdo ya había dejado de sangrar. Sus ojos seguían pareciéndose a los de un gran tiburón blanco.
Retomamos el camino hacia mi departamento doblando por Parkway hasta Candem High Street, que luego se transformaría en Eversholt Street y finalmente en Woburn, en la zona donde se encontraba la estación de Russell Square. En todo el recorrido que hicimos miraba por la ventana derecha del taxi, y aunque mi cabeza no podía procesar ideas complejas, pensaba en lo feliz que estaba de vivir en Londres.
- Por favor, Jack, déjame pagar tu parte del viaje, después de todo hoy me salvaste la vida y aun no te lo he agradecido.
Daniel debía continuar unos minutos más en el taxi hasta llegar a Long Acre Street en la zona de Covent Garden, donde vivía en un departamento a pocas cuadras de Koenig Books. Todavía seguía erecto y su pantalón de corderoy marrón no ayudaba a disimularlo.
- Acepto sólo porque olvidé mi billetera, pero el lunes si quieres puedes pasar por la librería y te invito a tomar una cerveza a Ruby Blue cuando salga de trabajar.
- Bien sabes que sólo voy a Koenig Books los viernes. Será entonces hasta ese día, gran amigo.
El abrazo por unos momentos se sintió lleno de vida. Daniel cerró amablemente la puerta del taxi y en cuestión de segundos se perdió entre la neblina matinal que flotaba sobre Southampton Row.
Me desperté a eso de las cuatro de la tarde pensando que no iría ni por asomo hasta el Green Park a leer <<Snuff>>, el libro que tenía en mi bolso y del cual aún me restaban dieciocho hojas para poder comprender su significado. Seguía soñando entredormido con un Bruce Browning que había salido ileso del desembarco de Normandía cuando mi teléfono sonó e irrumpió mi vigilia.
- ¿Hola?
- ¿Jack? ¡Jack!, soy Sean. Se me ocurrió algo fantástico para mi guión. ¿Te imaginas una escena que relate lo que sucedió ayer en la fiesta de cumpleaños de Lucy? Seríamos los personajes principales, y sería nuestra historia, ¿qué piensas? ¡Es una idea millonaria!
- Si, si, es una buena idea. Escucha, Sean, tengo una llamada en espera, nos vemos mañana en la esquina de la librería y me cuentas todo, ¿quieres?
- Bueno.
Sean cortó la comunicación y atendí la otra línea. Era mi madre que llamaba desde Nueva York.
- ¡Jackie querido! Fui al correo a buscar la copia de <<The Crow>> y me dijeron que todavía no había llegado nada, ¿aún no la has enviado?
- Te dije que la mandaría mañana.
- Bueno, perdóname, es que a veces me olvido de lo que hablamos, es culpa de la medicación. ¿Cómo te encuentras?
- Bien.
- ¿Te estás alimentando correctamente?
- Si.
- ¿Qué sucedió con aquella muchacha de la que hablamos la última vez? ¿Cuál era su nombre?
- Amber.
- ¿Sucedió algo con ella?
- No. Se mudó hace algunas semanas a Barcelona con Paul, su joven esposo. Finalmente se casó con Paul. No he sabido nada de ella desde entonces.
- ¡Qué pena! Bueno, Jackie querido, no olvides de enviarme la copia de <<The Crow>> mañana a primera hora.
- Mañana a primera hora – repetí.

Apagué el teléfono, le saqué la batería y lo dejé en silencio sobre la mesa de luz. Miraba el techo y pensaba que podía levantarme a escribir algunas líneas sobre la fiesta de ayer, pero Sean ya me había ganado de antemano. Di media vuelta hacia la derecha y traté de seguir durmiendo, pero no pude. Mi mente ya se había despabilado totalmente. Estaba un poco frustrado, pero sin duda alguna, estaba feliz de vivir en Londres.